Cuarto y mitad

Terfas a la hoguera

Ya casi nadie utiliza el término feminazi con el que la carcundia reaccionaria insultaba a las feministas. Ahora la manera moderna de elevarse moralmente sobre las feministas que se atreven –que nos atrevemos– a cuestionar la denominada identidad de género o que se muestran contrarias al aún más disparatado concepto de autoidentificación de género es terfa. Para resumir, las terfas son las feministas a las que se acusa de ser tránsfobas, y que es utilizado no solo por el transgenerismo, sino también por los reaccionarios de izquierda, e incluso por mujeres que se autodefinen como feministas. La primera terfa planetaria fue J.K.Rowling por atreverse a decir, ¡oh, sacrilegio! que para denominar a las personas menstruantes se solía utilizar la palabra mujeres. No contenta con el linchamiento mediático al que fue sometida esta escritora, la Gran Mayordoma del Patriarcado (minuto 32) vuelve a la carga acusando a la inventora de Harry Potter de haber utilizado su trauma sexual para perseguir a otros y cuestionar los derechos de las personas trans, cosa que J.K. Rowling no ha hecho.

Pero también en nuestro país hay ya una lista de terfas candidatas a arder en la pira: Lidia Falcón es la terfa mayor del reino, que incluso ha tenido que acudir al juzgado para defenderse de la acusación de delito de odio contra los trans. Siguiendo por el ladrillo que la COGAM, un colectivo LGTB+ de Madrid, ha otorgado a la escritora Lucía Extebarría por sus supuestas declaraciones tránsfobas, ante el regocijo de la ministra de Igualdad, Irene Montero, y otras representantes políticas del Instituto de las Mujeres.

Pero es que incluso desde un insignificante rincón de El País han otorgado el premio Terfa del año a una twitera anónima, una "presunta feminista de izquierdas" que nos reprochó que hablásemos de cruasanes en vez de comentar un caso útil pare reforzar ideas tansfóbicas" (Premios El Comidista 2020). Ignoro por qué el reproche de la twitera llegó al Comidista, porque la verdad es que debería haber llegado a la dirección de El País, que como todos los demás medios (que yo sepa) han mantenido un silencio sepulcral ante la primera demanda que una joven, Keira Bell, ha interpuesto  y ganado contra el Servicio Nacional de Salud británico (NHS) y la Clínica Tavistock por haberla inducido a una transición de sexo cuando era adolescente sin haberla aconsejado o alertado suficientemente sobre las consecuencias. Informar de esto para algunos es reforzar ideas transfóbicas.

Pero la twittera tenía toda la razón del mundo. El silencio que están guardando todos los medios sobre el debate internacional que se está produciendo sobre el uso de bloqueadores de la pubertad, los procesos de transición exprés, la identidad o la autoidentificación de género es clamoroso, así como ante los problemas que se están generando, por ejemplo, en el deporte, donde varones autoidentificados como mujeres están desplazando a éstas y ganando competiciones.

Llegará un día en que la racionalidad se imponga, porque es imposible mantener indefinidamente realidades paralelas ficticias, y entonces habrá que estar del lado de las terfas porque son las únicas que se han atrevido a decir que el Emperador va desnudo.