Cuarto y mitad

El silencio de la Universidad

La semana pasada me refería al silencio que sobre algunos temas que están generando debate en las redes sociales (y por tanto en la sociedad) están manteniendo tanto los medios de comunicación como los partidos políticos. Temas como las consecuencias de la auto determinación de género, los bloqueadores de la pubertad, los vientres de alquiler, la pornografía, la prostitución y tantos otros  que hoy más que nunca preocupan al movimiento feminista, o al menos a un sector, y a no pocas mujeres que quizá no se definen como tal.

El silencio no es menor en la Academia, que parece haber aceptado sin apenas oposición crítica planteamientos y postulados cuando menos cuestionables. Varias mujeres relacionadas con la Universidad me han escrito mostrando cierta preocupación por este silencio y esta aparente unanimidad respecto a planteamientos teóricos sobre los que ni de lejos hay consenso entre las estudiosas. Pareciera que de pronto todo el mundo está de acuerdo en aceptar que la identidad de género es incuestionable y que ya está todo dicho sobre este tema.

Me comentan que en las encuestas que se están haciendo en alguna Unidad de Igualdad se propone como identificación:  1. Sexo al nacer: Hombre, mujer o intersex.; 2. Género actual: Mujer, Hombre, No Binario, Queer u Otro.  Como se puede comprobar de entrada, se parte ya de una mezcolanza entre sexo y género que hará absolutamente imposible una interpretación coherente.

Para empezar, añadir intesex como Sexo al nacer es considerar que la intersexualidad ya es un tercer sexo equiparable a macho/hembra, cuando en realidad es una alteración en la formación genética, que además tiene una pequeñísima prevalencia, pese a los muy abultados porcentajes que algunos esgrimen para impresionar al personal. Esperar que una criatura nazca como intersexual es lo mismo que esperar que nazca con cualquier otra alteración genética. Es como si ya esperásemos que se puede nacer con 47 cromosomas en lugar de 46. Es posible, claro, pero no lo consignamos en los formularios oficiales ni lo anticipamos como posibilidad.

Pero es que el tema se complica al solicitar el Género actual, como si ese cambio fuese una variable cotidiana digna de destacar. En las estadísticas oficiales se consigna el sexo y de esta manera vemos que el porcentaje de catedráticas en España, por ejemplo, es de un 23%, mientras que los catedráticos son un 77%.  ¿Cómo se podría establecer esta desigualdad si medimos según el género sentido? ¿Cuántos gráficos habría que hacer para cada categoría?  Si a un porcentaje de catedráticos les da por auto determinarse como mujeres (o viceversa) ¿Cómo se contabilizará?

Pasar de un dato objetivo como es el Sexo a un dato subjetivo como sería la expresión de Género que cada cual quiera adoptar introduciría una gran distorsión en el conocimiento de la realidad. Para empezar, sería imposible medir la desigualdad entre hombres y mujeres, que es lo que pretenden, en el caso concreto de la Universidad, las Unidades de Igualdad. Pero este hecho es extrapolable a cualquier otra entidad o institución que desee medir los índices de desigualdad entre sexos (que no entre géneros). ¿Ha asumido la Universidad que el sexo es irrelevante como categoría de clasificación humana? ¿Queremos analizar la realidad mediante datos objetivables o mediante una ficción? ¿Cómo vamos a constar en las estadísticas, como hombres, mujeres, intersex, queer, no binario, genderfluid y toda la ristra de disparates que una secta de lunáticos quiera imponer?

Pero todo esto permanece en el más absoluto silencio, abducidos todos por el nuevo dogma de fe que elimina el sexo como realidad material ¿No hay nadie en la Academia que cuestione esta barbaridad? ¿No se habla porque no se quiere? ¿Porque no se sabe? ¿Porque no se tienen argumentos para contrarrestar? ¿Por miedo? ¿A quién o a qué?