Cuarto y mitad

Si perjudica a las mujeres no es feminismo

Tenía que llegar este momento. Cuando un movimiento adquiere las dimensiones del movimiento feminista y es capaz de sacar a la calle a millones de mujeres, es normal que todo el mundo quiera subirse al carro. Hemos pasado de un momento en que ser feminista era algo despectivo (las que llevamos 40 años militando lo sabemos bien: éramos feas, machorras, mal folladas, odiábamos a los hombres, etc.) a una etiqueta de la que se quieren aprovechar hasta los bancos o las multinacionales, por no hablar de los partidos políticos, entidades, gobiernos, instituciones, sindicatos, iglesias, mezquitas, asociaciones de vecinos, mercados de mayoristas, etc. Todo es feminismo hoy día y todos quieren apropiarse del término. Y ahora para desprestigiar a las feministas clásicas nos llaman viejas, solas y amargadas, pero también burguesas y privilegiadas. No ha cambiado mucho la cosa que digamos.

El feminismo es el cajón de sastre donde por lo visto cabe todo: se tiene que hacer cargo de todas las luchas, de todas las reivindicaciones, de todas las demandas de cualquier colectivo, porque si no, rápidamente se lo acusa de excluyente, la palabra mágica que sirve para acallar la exigencia de una agenda propia. Oiga, es que ustedes no aceptan a las prostitutas, sois excluyentes. Oiga, es que ustedes no aceptan a las mujeres trans, sois excluyentes; oiga, es que ustedes no aceptan a los animalistas, sois excluyentes; oiga, es que ustedes no aceptan a las monjas, sois excluyentes. Oiga, es que ustedes no aceptan a las marcianas, sois excluyentes.

Si el feminismo no está dispuesto a acoger en su seno cualquier reivindicación de cualquier colectivo, de cualquier tipo, de cualquier ámbito, de cualquier color, de cualquier minoría, es que es excluyente. Y claro, las mujeres, educadas para ser complacientes con los demás, para vivir para los demás, para ser aceptadas por los demás, a la que oyen la palabra Excluyente se echan a temblar: se activa el sentimiento de culpa judeocristiano que todas llevamos dentro. No por dios, nosotras no excluimos a nadie, estamos abiertas 24 horas, somos las hermanitas de la caridad, acogemos a todos los descarriados; somos tan buenas y tan misericordiosas que estamos dispuestas a renunciar a nuestros propios objetivos para priorizar los de cualquier minoría marginada.

Esta estrategia se llama chantaje emocional, y persigue neutralizar los avances del feminismo a nivel planetario y que se desista de continuar la lucha. Y así, señoras y señores, hemos llegado a la situación actual, en la que las feministas de toda la vida somos acosadas, hostigadas, señaladas, descalificadas, estigmatizadas por excluyentes si levantamos la voz para decir: no, miren es que el feminismo no es ir de Teresa de Calcuta. El feminismo es el movimiento social y político que defiende los derechos de las mujeres en todo el mundo.

No los de una, ni los de dos, ni los de mil. Defiende los derechos de las mujeres de todo el mundo. Defiende el que sean reconocidas como sujetos de pleno derecho en todos los países del planeta: que no sean vendidas, ni compradas, ni mutiladas, ni prostituidas, ni sometidas, ni casadas, ni acosadas, ni lapidadas, ni quemadas, ni violadas, ni asesinadas. Que no sean consideradas ciudadanas de segunda, y que para ello se arbitren las políticas necesarias que eliminen la desigualdad entre los sexos. Cada país con su propia agenda, con sus propios objetivos, pero con una filosofía común.

Eso, señoras y señores, es el feminismo. Inventen nuevos nombres, inicien nuevos movimientos que hay sitio para todos. Pero no nos vengan con milongas de inclusividad. Y si no hagan la prueba del algodón: cualquier ideología, práctica, creencia, tradición, costumbre, ley o política que perjudique a las mujeres en su conjunto no es feminismo. Llámenlo como quieran, pero si perjudica a las mujeres no puede ser feminismo.