Cuarto y mitad

La violencia de género no es un espectáculo

No he visto el programa donde Rocío Carrasco relata su experiencia de mujer maltratada, pero es imposible sustraerse a la onda expansiva que el programa ha provocado. Hay quien compara el impacto mediático con la aparición de Ana Orantes en Canal Sur en 1997.  Yo creo que son dos situaciones totalmente diferentes.

Ignoro si Ana Orantes cobró por su presencia en el programa presentado por Irma Soriano, pero lo que sí es seguro es que no se enriqueció con su participación en "De tarde en tarde", un modesto magazine regional cuya repercusión hubiera sido mínima si no hubiera sido por el desenlace. No había premeditación mediática, su testimonio fue espontáneo y, como todos sabemos, le costó la vida. El impacto emocional que tuvo el hecho de que unos días más tarde fuese quemada viva por su marido sobrecogió a la sociedad, que empezó a ver el tema del maltrato, entonces llamado doméstico, desde otro punto de vista.

El caso de Rocío Carrasco es diferente. No solo por las circunstancias personales de la declarante, famosa desde la cuna, crecida en un entorno económico privilegiado, con estudios (o posibilidad de haberlos tenido) y en un momento histórico en donde la violencia de género ya era reconocida como problema social, con una ley específica para afrontarlo.

En la violencia contra las mujeres no hay un perfil ni de maltratada ni de maltratador, porque es un aprendizaje que se inicia desde el mismo momento de llegar al mundo: los chicos aprenderán que tienen potestad para disponer del cuerpo de las mujeres (tanto pacífica como violentamente) y las chicas interiorizarán que tienen que andar siempre a la defensiva, tolerando el acoso y gestionando esa violencia estructural con diferentes estrategias. Por tanto, no dudo que esta mujer haya sido víctima de violencia, tanto física como psicológica. Sin embargo, su testimonio nada tiene que ver con aquel que prestó Ana Orantes hace veinticuatro años.

Rocío Carrasco ha desembarcado en la televisión precedida de una campaña publicitaria de extraordinario alcance, y es sabido que la han remunerado generosamente por contar su experiencia. La misma televisión que se prodiga en programas de dudosa calidad, ha producido a lo grande una serie que dará carnaza para tertulias diversas durante meses. Personajes que diseccionarán el caso desde el punto de vista estrictamente individual, sin considerar la dimensión social del tema, para lo cual se requeriría una cierta formación en violencia de género, de la que la mayor parte de los tertulianos carecen.

La violencia de género no es ni puede convertirse en un espectáculo. Y si bien algunos consideran que el hecho de abordar este tema en prime time tendrá un impacto social parecido al que tuvo la aparición de Ana Orantes, hay que recordar que ésta dio lo que se llama un testimonio ético, mientras que Rocío Carrasco se ha prestado a convertir su experiencia en un testimonio crematístico.  Si esta mujer hubiera contado "su versión para seguir viva" en otro formato y no hubiese recibido una cantidad tan suculenta por sus declaraciones (o hubiera donado el importe a alguna asociación, por ejemplo) su testimonio también habría sido ético, y la sociedad habría valorado la valentía, la dignidad y la honestidad de una mujer maltratada, sin dividirse entre seguidores fanáticos y detractores compulsivos que chapotean en su intimidad.

Pero para eso habría hecho falta tener conciencia feminista, un reconocimiento de que el problema no es individual, sino colectivo, y la voluntad de contribuir al conocimiento público de la violencia sin enriquecerse por haberla padecido. Condiciones que Rocío Carrasco, con todos mis respetos, no parece cumplir.