Cuarto y mitad

La feminidad contra las mujeres

Vivimos tiempos realmente extraños. Uno de los fenómenos que más me llama la atención es la revalorización inaudita que está experimentando lo femenino. En la misma proporción en que se está retrocediendo en los derechos de las mujeres –véase este mismo diario del 14 de mayo–, asistimos a un auge de lo que tradicionalmente se definía como feminidad: exaltación del aspecto, el vestuario, el cabello, el maquillaje, los tacones, el busto, las redondeces, en una palabra, la presencia. La imagen corporal que, realzada, nos convertía en la otredad, lo absolutamente otro opuesto al hombre, a lo masculino; el misterio, el adorno, la futilidad.

Ese ideal de feminidad que tanto desconcertaba a los filósofos, esa bagatela que no servía para nada, pero ¡qué atractiva resultaba! Una especie de maniquí para deleite de la vista, esa vista sesuda, tan centrada en el trabajo, la reflexión, el estudio, la investigación, las cosas importantes de la vida. Los hombres tenían derecho a alegrarse al final de la jornada con la visión de unas criaturas adorables que se vestían de manera estrafalaria, más exagerada cuanto más alejada de la decencia se encontraban: del vestido escotado y el corsé de la digna esposa al liguero y las medias negras de las prostitutas, todo un abanico de potingues, bisutería, abalorios y complementos que sirviera para acicalarse y ejercer adecuadamente el papel de bello objeto de contemplación.

Pues bien, eso mismo está volviendo siglos después de que el feminismo se embarcase en la dura tarea de hacer de las mujeres sujetos de pleno derecho. Y lo más sorprendente es que esta sublimación de lo femenino está siendo rescatada no solo por mujeres que son vistas como muy empoderadas (léase Beyoncé, Cardi B., Nicki Minage, Rosalía,  Cristina Pedroche e incluso la tan poco convencional Billie Eilish, (véanla en Vogue) sino por los hombres y especialmente por varones que se auto identifican como mujeres. Twitter, Instagram, Facebook y las demás redes sociales están repletas de trans que se jactan de ser super femeninas, mucho más que las mujeres a las que despectivamente denominan cis.

Esta exaltación de lo femenino no es casual que se produzca justo cuando se vuelve a discutir lo que es ser mujer. Algo que hacía tiempo que creíamos que estaba resuelto y que el feminismo ya había decretado y persigue desde hace más de tres siglos: que las mujeres no son bellos objetos decorativos sino sujetos que reclaman la mitad de todo lo que les ha sido usurpado y que han pagado con la falsa moneda de  la adulación.

Volvemos pues, a estar como al principio, la discusión y el debate se vuelve a centrar en quién es más femenina, quién tiene el pecho más grande, quién calza los tacones más altos, quién se embute en el body más sexy, quién luce las uñas más imposibles, quién posee los labios más carnosos, quién tiene el culo más prieto. Ser mujer se ha convertido en un fetiche, pero esta vez por decisión propia, pues ya sabemos que el neoliberalismo galopante en el que vivimos considera que la auto cosificación es producto de la libre elección.

Esta revaloración de lo femenino se hace a través de las redes sociales, los medios de comunicación, las instituciones, incluida la ONU, que ha lanzado la Unstereotype Alliance para combatir los estereotipos de género donde, sin embargo, figuran empresas como Bayer que, como se sabe, además de vender aspirinas comercia con hormonas. Todo esto no se dice así, claro, sino que el loable objetivo es fomentar "la inclusión y la diversidad".

Mientras rescatamos de nuevo el concepto de feminidad y elevamos a los altares el más rancio envoltorio femenino inventado por el patriarcado, difuminamos la realidad material de las mujeres de carne y hueso, las borramos del lenguaje común, las ninguneamos en los argumentos que aportan, las descalificamos si protestan, las desplazamos de sus espacios, suprimimos la financiación específica, usurpamos los organismos que las defendían, recortamos los recursos contra la desigualdad y más aún, escatimamos hablar propiamente de sexo y desigualdad.  Todo esto lo está haciendo la derecha con la entusiasta colaboración de la izquierda.  Y son muchas las adalides que se unen a este mujericidio al grito de ¡vivan las cadenas!