Cuentos de Iberia

La borrica, el vinatero y el obispo (Paco Arenas, La Mancha)

Regreso al convento. Eduardo Zamacois y Zabala. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Arenas y el cuento manchego

Paco Arenas es un escritor manchego autodidacta (apenas fue a la escuela, a los once años ya trabajaba). Comenzó a formarse y a escribir como una forma de rebeldía contra la dictadura, compaginando la lectura y la escritura con el trabajo y el activismo político. Dejó de escribir a los 26 años, convencido de que su falta de formación académica lo inhabilitaba para su afición a la escritura. Tras un paréntesis de casi treinta años, vuelve a escribir de nuevo sobre la «crisis», a la cual califica, sin paliativos, como estafa contra las clases populares.

En la actualidad, tiene publicados dos libros de poesía de carácter social. Asimismo, tiene tres novelas que abarcan diversas temáticas:
«Los Manuscritos de Teresa Panza» (2015), humor quijotesco, marcadamente feminista, «Caricias rotas» (2016), novela de compromiso contra la violencia de género, y «Magdalenas sin azúcar»(2018), una metáfora sobre el amor y la libertad con la que pretende dar la voz a quienes se vieron privada de ella, a los vencidos; mas no derrotados, puesto que siempre estuvieron dispuestos a hilar una nueva bandera y seguir luchando por la libertad y la República.

A lo largo de los años, ha llevado a cabo la recopilación de algunos cuentos tradicionales castellanos, inspirados en la tradición oral manchega, adaptados a su estilo personal, los cuales forman parte del libro «Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre» (2018). Sus relatos, ambientados en su mayoría en el sur de Castilla, suelen tener reminiscencias cervantinas: idealización del medio rural, humor, crítica social y compromiso con esa España rural a la cual se siente vinculado.

Como narrador es tremendamente visual, podemos ver la acción e imaginar personajes y situaciones de manera fácil; sin que, por ello, se pare en las descripciones del entorno. Tanto en sus novelas como en sus relatos, suelen ser los mismos personajes quienes nos vayan adentrando en la trama.

En «La borrica, el vinatero y el obispo» se dan todas y cada una de esas peculiaridades anteriormente mencionadas. A diferencia de otros cuentos, este relato no forma parte de los rescatados del olvido, a pesar de mantener estructura y estilo similar. Está inspirado y concebido en su lejana juventud, en el mismo puente de San Pablo, al encontrar un travesaño de madera roto del actual puente de hierro. Una de sus hermanas bromeó sobre el derrumbamiento a finales del siglo XIX del anterior puente gótico, lo cual él desconocía. Las palabras de su hermana, más o menos fueron: «Menos mal que ya no pasaba nadie por el puente, solo una borrica, un vinatero y un obispo borracho. El vinatero se salvó por la coz que le dio la borrica.»

Mientras que el conflicto surge entre dos personajes enfrentados, muy bien caracterizados y de diferente clase social, con valores morales extremadamente contrapuestos: la sencillez del vinatero, contra la astucia, la soberbia y avaricia del obispo, o lo que es lo mismo: el trabajo honrado contra el poder parasitario. No es menos importante la borrica, que juega un papel importante, siendo casi el personaje central de la trama.

El autor llega a realizar una crítica muy directa a la Iglesia Católica y su poder en las tierras de Castilla. Podría decirse que, a través de la temática campesina, con cierto humor ácido, tiene como fondo el abuso de poder que sufre el pueblo, desarmado ante ese poder soberbio de los diversos poderes, ya sean eclesiásticos, judiciales o legislativos, en los que pretende mostrar, a través de la figura del obispo, la falta de caridad de quienes, en teoría, deberían ser ejemplo de la vida de quien nació en un pesebre.

Jaime Flores Flores, catedrático de literatura española de la Universidad de Puerto Rico-Humacao

La borrica, el vinatero y el obispo

Agustín era uno de aquellos vinateros manchegos encargados de suministrar vino a las iglesias. Regentaba una bodega muy cerca de Cuenca que vendía dos vinos de calidades muy diferenciadas: el que compraba a granel y el que elaboraba en su propia viña.

Cada vez que iba a Cuenca a llevar vino a la catedral y a la parte alta, donde tenía sus mejores clientes, pasaba con su borrica por el puente de San Pablo. Pero llegó un momento en el que la avaricia del obispo provocó que no le fuese rentable servir a la catedral. Como el puente de San Pablo era propiedad del cabildo catedralicio, el mantenimiento estaba abandonado y su borrica no pasaba por él muy convencida, el vinatero encontró la excusa perfecta para no suministrar su caldo a la catedral, aunque con ello perdiese buenos clientes. No le resultaba rentable tampoco ganar en sus pregones y perder en sus devociones, pues no las llevaba muy convencido.

A la catedral suministraba una tercera calidad de vino: un tinto excelente solo para disfrute del obispo. También llevaba del bueno para la misa. Además, aprovechaba el viaje para poder vender el barato entre los paisanos.

—Su eminencia —dijo con todo respeto al señor obispo aquella cálida mañana de mayo, no sin cierto temor por el mal genio que se gastaba el dignatario de la catedral—. No podré traerle más vino...
— ¿Qué tonterías dices, mentecato? —replicó con encono el obispo.
—Los borricos son muy sabios y mi borriquilla se niega a pasar por el puente de San Pablo por más que la fustigue. Y yo siento hormiguillas en las piernas al caminar por las vibrantes piedras del puente. Y no voy a negar el miedo que sienten mis pobres y pecadores huesos cada vez que lo cruzo. Ese puente no aguanta el peso de dos borricos.
— ¡Por Dios! Ya te veo con el sudario de Satanás, sube por otro camino. A Dios se llega con denodado esfuerzo, no en la sillita de la reina…
—Los animales son muy sabios. Por otra parte, si he de subir por callejones y recovecos, ni para subir al cielo, ni aunque me empujase el viento del cierzo me salen las cuentas...
— ¿Sabios los borricos? Pues yo no veo que tú seas muy sabio, más bien un gañán a falta de una hornada para terminar de cocerte. Así que si no quieres que te retire la bendición para seguir vendiendo en la provincia, no solo vas a seguir sirviendo el vino del oficio, sino que el que traes para mi disfrute va a ser de balde. Además, lo vas a traer por el puente de San Pablo.
—Mi borrica se niega…—fue a protestar el vinatero, con palpitante preocupación, sin ser capaz ni de parpadear por la nueva imposición.
—Yo, con la ayuda del Altísimo te ayudaré a hacerlo. Debes traer una arroba más de vino del que vendes a los pordioseros. Yo te diré lo que con él debes hacer.

Agustín no vendía vino a los pordioseros, pues no lo podían pagar. Sí que, en ocasiones, llevaba de balde vino un poco repuntado a la casa de la caridad, que estaba cerca del castillo, a los que el obispo llamaba pordioseros.

— ¿Cómo si la borrica se niega?

Quedaron vinatero y obispo en un mesón ya desaparecido, cerca del puente, donde el obispo le explicó su plan.

—Del vino peleón le das a la borrica para beber en lugar de agua. La engañas y yo echaré mi bendición al vino y a la borrica y, sin duda, con la ayuda de Dios, la borrica cruzará.
—Si no es preciso engañarla, que bien que le gusta. Que si me descuido con una arroba no tiene bastante, aunque sea más vinagre que vino.

Con gran placer la borrica bebió más de una arroba de vino. Y porque Agustín no quiso darle más… pues la borrica rebuznaba de puro placer. Tampoco se quedó con sed su eminencia, que aprovechando que era gratis fue bebiendo sin necesidad de tazón o vaso. A Agustín también le gustaba el vino. Sin embargo, mientras trabajaba no bebía, por lo que pasaba envidia de obispo y pollina.

Esperaron un rato para que el vino hiciese efecto. Obispo, vinatero y borrica se encaminaron en dirección al puente. La borrica se negaba a poner sus herraduras sobre el puente gótico, ni con vino ni sin vino. Sacó el obispo el hisopo y bendijo a la borrica. La borrica más terca que la mula de su hija, se negaba a cruzar. Tiraba de los ramales Agustín y con más fuerza tiraba para atrás la borrica.

Entonces, el obispo tuvo una idea. Puso delante del animal un tazón de vino peleón, pero la borrica no caminó. Llenó después un tazón con vino del que reservaba para él y se apoyó en uno de los muros del puente para bebérselo tranquilamente mientras pensaba el modo de engañar a la borrica. De repente, la borrica quiso probar ese exquisito vino. Borrica, sí, pero no tonta. El obispo se percató de la intención del animal y, como si llevase una zanahoria, caminaba por encima del puente a paso acelerado. Cuanta más prisa se daba, más rápido trotaba el animal. De nada servía que le dijese:

—No se ha hecho este vino para la boca del asno.

Agustín, asustado, quiso contenerla. Pero de una coz lo tiró fuera del puente. Y cuando del mareo quiso recuperarse el vinatero, animal y obispo estaban en el centro del puente. Un gran estruendo retumbó en la ciudad: el puente de San Pablo se había derrumbado entre una gran nube de polvo y el aroma afrutado del mejor vino de La Mancha.

Del obispo y borrica nunca más se supo, pues quedaron sepultados por las góticas piedras de San Pablo. Mientras el vinatero, salvado por la coz, daba gracias al Señor al tiempo que decía al que ya no le podía escuchar:

—Ya le dije a su eminencia que el puente no estaba para aguantar a dos borricos a un tiempo.

Y así cuenta la leyenda que se derrumbó el puente de San Pablo. Si es verdad o no, no lo sé. Pues una fotografía en blanco y negro así me lo conto. Y así lo cuento yo.

2018.

 

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