Vidas humildes

DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO 

Zara y el librero de Bagdad, la última novela de Fernando Marías, ha obtenido el Premio Gran Angular de literatura juvenil. “Fernando Marías, la literatura como compromiso”, reza una frase de la contraportada.

Compromiso
La he leído con la impaciencia con la que se leen las historias que nos atrapan, y eso, el compromiso, es de lo que menos me ha interesado. ¿Por qué? Pues porque todas las novelas son “comprometidas”, se pretenda o no. Y por regla general, el que ese “compromiso” sea explícito no redunda en beneficio de la novela. Ni la frase de la contraportada ni el título hacen justicia al libro: es más que un libro “comprometido” sobre una chica y un librero de Bagdad. Y nos dice mucho más que la obviedad de que las guerras son malas.

Recursos
Zara y el librero de Bagdad tiene una estructura no lineal, con dos historias, una con el trasfondo de la Guerra Civil española y otra con el de la de Irak, y tres ciudades, Madrid, Barcelona, Bagdad. Para despertar y mantener el interés del lector, Marías se vale de esa estructura, dos historias relacionadas que avanzan hasta confluir, del recurso de la novela dentro de la novela, de ciertos enigmas, ¿quién es Max, ese viejo excéntrico que asegura haber escuchado las últimas palabras de Antonio Machado?, ¿cuáles son esas supuestas palabras?, de elementos de la novela policiaca popular, el Asesino de las Horas, en Barcelona, el “novelista cazador de hombres” en Bagdad, de frases afortunadas, ya sean humorísticas o lapidarias, como “Vivir como un millonario es carísimo, amigo mío”, o “Permanecimos así unos minutos, quién sabe cuántos: la miseria es un reloj sin agujas”, y, en fin, de escenas llenas de intensidad y significado, la bofetada que humilla, los dos desconocidos que se miran enamorados, que van a cruzarse…

Respeto
Todo eso sí me ha interesado, y ése es el compromiso que le pido yo a un novelista: que respete el que tiene conmigo en mi faceta de lector, no de ciudadano. Quizá porque soy un lector que escribe, hay una escena que me ha conmovido especialmente, aquella en la que el narrador, un simple escritor por encargo, resignado a escribir siempre “las historias de los otros”, vive un momento de inspiración, en el cementerio de San Antonio de la Florida, imaginando un encuentro entre Goya y Machado. Y me conmovió al leerlo porque es un momento intrascendente, casi risible, en el polo opuesto del Goethe revivido por Zweig escribiendo la Elegía de Marienbad, pero que nos recuerda que las vidas humildes, como la de ese escritor, también son valiosas.