Herida de muerte

UNO DE LOS NUESTROS // PEIO H. RIAÑO 

La tierra prometida es cosa de otros./ Para nosotros la arena:/ un paisaje que cambia con el viento”. Colgados en el puro vacío, ella o su personaje. Quién sea, ambos, suspendidos en el absurdo que lo vuelve todo del revés y arrasa con las fantasías del refugio indestructible e inalterable. Allí donde nada cambia, allí, no hay nadie, porque no existe. Aquí, donde todo puede pasar, la felicidad es un preparativo sin destapar. Ahí, es donde Miriam Reyes (Ourense, 1974) trabaja. En la tierra del desahucio. Te he escrito antes los últimos versos del poema titulado “¿Vas a enseñarme a vivir?”, incluido en su poemario más reciente: Desalojos (Hiperión).

Sal
Miriam es una poeta acusada de personalidad que, a fuerza de no procurarlo, se mantiene al margen de la ortodoxia y, a fuerza de experimentarlo, próxima al vómito incubado en un cuerpo que madura. De ahí nace con una fuerza difícil de igualar esta última entrega suya del desgarro feroz de la humanidad. Antes llegaron Espejo negro (DVD ediciones, 2001) y Bella durmiente (Hiperión, 2004). En el libro, la voz del protagonista se ve obligada a abandonar, primero, la compañía de su madre tras fallecer. Después, una relación de pareja o familiar. En el primer destierro hay nostalgia suave, dolor apagado y carne de sus entrañas. En el segundo hay ira contenida, despecho a desgarrones y páginas en blanco. Primero es desalojada para recordar, después desaloja para empezar. 

De
El breve escrito se libra en dura pugna por olvidar el pasado que pudo ser, por el sabor del deseo y la necesidad de la huida. Desalojos deja cicatriz. Pero no tengas miedo, aquí no se atisba el fracaso, que siempre aparece como algo contrario al triunfo. El logro de Miriam Reyes es no haber competido por el triunfo, porque renuncia a esa confianza ciega de superar un estado atormentado. Ella ya tomó la pastilla de la debilidad y no espera al ser prometido, el de hierro, con medallas y cosido a elogios.

Aquí
Nadie desaparece. Todos dejamos rastro, aunque seamos nadie, que leí hace tiempo. Y ella escribe en otro poema de Desalojos: “Sueño tu cuerpo como hierba/acariciando mi cuerpo rendido en la espesura”, y pienso en los escollos de la indiferencia que va soltando el olvido. Y pienso también en cómo encararme a lo heredado para romper como lo hace ella –como si escribiese una carta a alguien que ya no está cerca de mí– con los recuerdos que palpitan en sus varices.