Yo siempre tengo razón

¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO

¿Cuándo fue la última vez que viste a alguien reconocer en público que estaba equivocado? ¿Quién ha visto a un tertuliano o a un columnista de prensa, a un intelectual, decir que su postura sobre tal asunto no era acertada y que su adversario ideológico tenía razón?

Hablando no se entiende la gente
Los políticos son especialistas en escurrir estos bultos. Los más hábiles siempre encuentran el modo de decir que aunque los hechos han demostrado que no tenían razón, en realidad sí la tienen. Los más torpes como Aznar confunden la firmeza con la obcecación y la cabezonería infantil. Y luego está la simple y llana cara dura, como cuando los socialistas mantenían contra viento y marea que aquel Barrionuevo de los GAL era inocente. No recuerdo ningún debate, ninguna conversación, que sirva realmente para lo que deberían servir las conversaciones y los debates, para contrastar el propio punto de vista, para ver las cosas desde otro lugar y aceptar el propio error. En teoría, todos contemplamos la posibilidad de estar equivocados, pero en la práctica todo el mundo piensa que quien se ha colado es el otro. La admisión de un error o de una equivocación se considera una debilidad.

Capitalismo comunista
Pienso todo esto después de lo que ha sucedido en el sistema financiero de Estados Unidos. He oído un montón de tertulias, he leído comentarios y glosas al fiasco bancario; pero no he visto a nadie decir: “señoras y señores, yo siempre he sido partidario del liberalismo económico y he pontificado sobre las bondades del mercado, he dicho a quien me haya querido escuchar que el mercado se autorregula como un organismo vivo y que el Estado debe dejar hacer y no poner trabas al libre movimiento del capital. Bien, señoras y señores, pues estaba equivocado. Los últimos acontecimientos económicos de Estados Unidos demuestran que si al mercado financiero no lo controla con brazo de hierro un organismo estatal, la avaricia consustancial de los banqueros conduce al desastre. Y yo, señoras y señores, que siempre he dicho que el Estado debe reducirse a su mínima expresión, digo ahora que ha inyectado miles de millones de dólares para sanear el sistema: bendito sea el Estado”.

La glosa de Vargas Llosa
El domingo pasado abrí con ansiedad el diario ‘El País’, y busqué el artículo de Vargas Llosa sobre esa hermosa aporía que nos ha traído todo esto: para que el capitalismo sobreviva a los desastres producidos por el liberalismo, el Estado tiene que intervenir en la economía de un país. Necesitaba su glosa, pero no la encontré. En su lugar había algo sobre Nápoles y la Camorra.