Maldita sea, algo no marcha

UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO

Leer a escritores rodeados de la miseria de una hambruna, supervivientes de las consecuencias de una guerra, salvaje como todas, es la pastilla que faltaba para la sobredosis de culpabilidad por no padecer la necesidad de unas botas con suela o un pan duro que llevarse a la boca, mientras te azotas por todos los premios que no has conseguido del estado del bienestar. El látigo de la mala conciencia no falla. Te sacude por tener la satisfacción a mano y no nos deja ver que también tenemos derecho a fustigarnos por saber que todo es mentira, que hay algo que hace que todo parezca lo que realmente no es.

Ruido
Los escritores de la recuperación sacan provecho de un pasado tormentoso e inaudito, para hacer terapia, para deslumbrar con historias rocambolescas. Para mostrar que la supervivencia no está garantizada en el estado de la gracia consumista. Entre los escritores de la recuperación de una identidad cubierta por una inmensa capa de fraude hoy quiero recomendarte a Augusten Burroughs. Está a punto de aparecer En el dique seco, que tras Recortes de mi vida (ambos en Anagrama), se presenta como la biografía de un sujeto que, a pesar de todo, ha salido a flote.

Más ruido
Burroughs (Pittsburgh, 1965) insiste en los motivos que cuecen lo que se supone que es hoy: un escritor hecho y derecho, con cara de tipo de confianza en la solapa. Si en Recortes de mi vida era el adolescente que vivía con la familia del psiquiatra (que leía la palabra de dios en las defecaciones) de su madre, en una casa en la que toda norma social podía ser alterada por cualquier ocurrencia espontánea (así, por resumir mucho), con En el dique seco ya tiene 25 años y es un alcohólico al que la empresa para la que trabaja como redactor publicitario le ha mandado a una clínica de desintoxicación para que los poros dejen de sudarle güisqui Dewar’s.

Mucho más ruido
En el paso de un libro a otro, la que fue una de las mejores sátiras que hemos podido leer últimamente, despunta hacia el puro patetismo: “Daría lo que fuera por ser el tipo que navega en el remolcador arrastrando una barcaza de basura río arriba. Apuesto a que él no tiene que sufrir esta ansiedad. Se limita a sentarse en el timón con el viento y el sol en la cara”, apunta el personaje Burroughs al llegar tarde a una reunión mundial de una marca de perfumes tras una noche de borrachera. Hasta que se da cuenta de que su problema no es la ansiedad, sino la soledad. El relato se vuelve mucho más profundo y terrible de lo que era Recortes de mi vida, mucho más natural e irónico. Tiene demasiado cerca a ese alcohólico crónico como para reírse de él. Ya no hay inocencia y carcajada, ahora toca dolor y miedo.