El hombre que se despide

HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG

Cuando Stefan Sweig se mató y fue hallado muerto con su esposa en un hotel de Brasil, encontraron borradores de su carta de despedida en la basura. Fue un hecho conmovedor que su búsqueda de la palabra justa llegara hasta el mismo instante de su muerte. Pero la pregunta es: ¿por qué los suicidas tienen la amabilidad de despedirse? Los pañuelos han caído en un triste desuso: ahora se emplean más para sonarse la nariz que para decir adiós. La cultura Kleenex, descartable y aséptica, ha acabado con la íntima costumbre de andar con ellos en el bolsillo. Hubo una época en que los pañuelos cumplían esa doble función, tan poética como melodramática: la de despedir a alguien y la de secarse las lágrimas. Ahora ya no se ven ni en los funerales, pero algún día alguien fundará con ellos un museo de los últimos adioses. En Zagreb, por ejemplo, hay un museo dedicado a las rupturas amorosas: el Muzej Prekinutih Veza tiene una próspera colección de fetiches de amores perdidos y es un basurero sentimental de esas cosas que uno guarda por amor en lugar de tirar por rabia, rencor o desesperación. Las donaciones son anónimas. Allí hay un cálculo de la vesícula biliar de un esloveno, presunta consecuencia de su dolorosa historia con una mujer. El museo también guarda cosas ordinarias como poemas, osos de peluche y teléfonos móviles. Los inventores del museo de rupturas amorosas son una ex pareja, Olinka Vistica y Drazen Grubisic, quienes tuvieron la idea de fundarlo al romper su noviazgo.

Nietzsche decía que lo que más nos aproxima a una persona es una despedida, porque el sentimiento y el juicio no desean marchar juntos al separarnos. El tren de la vida corre sin darnos cuenta de que alguien se fue y de que no hubo tiempo para despedirse. En su ambición de velocidad, los últimos trenes ya no permiten correr tras ellos para decir adiós, y, de acuerdo con el detective Carvalho, las despedidas en los aeropuertos son indignas. ¿Por qué la gente se enfada tanto cuando uno se va de una fiesta sin despedirse? Hace un par de siglos Baudelaire tuvo una idea: “Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: el derecho al desorden y a marcharse”. Alguien, quizás Maradona, debería añadir a la lista de los deberes de un ídolo la prohibición de organizarse un partido de fútbol de despedida, de esos en que los rivales son tan bondadosos que te permiten meter dos goles en tu último día. “Hay que dejar partir a los que se ama”, dijo una tarde Christian Vallejo, un cronista que ya se fue. Su frase aún no está registrada en el museo de las rupturas amorosas. Tampoco los pañuelos. Se trata de la cortesía de irte de la fiesta sin hacer ruido. Stefan Sweig, cuyos libros prohibió Hitler además de perseguirlo, imaginó por entonces que toda Europa iba a caer en el nazismo. Decidió irse con su esposa y escribir esas cartas de despedida que hallaron en la basura.