La traición se cuece en silencio

UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO

Lo aprendí de la publicidad: las apariencias engañan. Con esta precaución uno puede llegar a ver en un cómic en apariencia de lo más amable, una amenaza para el relato narcisista de la belleza. Así, la existencia humana se hace absurda e irónica en los lapiceros del dibujante noruego Jason (Molde, 1965), del que leemos una nueva entrega (siempre breve) de sus trabajos: Yo maté a Adolf Hitler (Astiberri). Vuelven los personajes antropomórficos, los seres patéticos, desatinados y afligidos por su incapacidad para tomar las riendas de su historia. Vuelve el guión redondo, el relato sin gaseosa, los giros hábiles, que arman el cuerpo creativo del autor más silencioso y vehemente.

Tópicos
La máquina del tiempo de Jason es un cliché infalible: una bola redonda metálica con espacio suficiente para una persona agachada, con remaches por todas partes, una puerta como de submarino y un asiento con cinturón de seguridad frente a un botón, que al pulsarlo te manda al año y lugar que necesitas. El salto del tiempo hasta marea. Más tópicos no caben, pero entran con mucho gusto porque se hace a la rica parodia de todo el discurso fantástico de este tipo de chismes. Así es como el científico judío, con bata blanca y laboratorio en el sótano, contrata al asesino a sueldo, con gabardina beis y oficina con ventilador y archivadores metálicos. Le contrata para matar a Adolf Hitler en un viaje sin precedentes. Jason no renuncia a la ironía nunca, la cuela en los detalles más nimios y aparentemente ingenuos: la máquina necesita tanta energía que solo puede utilizarse cada 50 años; Hitler, lleno de curiosidad, se cuela en ella y salta al futuro, donde sobrevive a su asesinato gracias a un ejemplar del Mein Kampf
en su chaqueta (cómo no), que para la bala a su corazón…
 
Atípicos
Si todavía no le conoces, hay una buena hoguera en la que quemarse: ¡Chhht!, Espera…,
¿Por qué haces esto? y No me dejes nunca, son otros libros para conocer el ritmo de Jason. Mientras nos hace hombres rodeados de amor, soledad, tristeza, alienación y muerte, termina es un ser melancólico. Marionetas en busca de un papel en la vida, propios de Buster Keaton y Jim Jarmusch. Toda esta ruina existencial empieza en una línea clara, fría y evocadora, elegante y minimalista, y acaba complicándose en la trama de estos tipos inexpresivos y solitarios que han asumido que la felicidad no es para ellos. Ni para nadie: la máquina del tiempo prototípica que no para de ir para atrás y para adelante –buscando el hecho perfecto que deje a la Humanidad en su sitio– es una excusa que aviva el relato de una relación imposible entre una pareja que no quiere dejar de serlo. Ahí está todo Jason, en las elipsis, en los silencios que debemos resolver, que creemos haber zanjado y que terminan traicionando lo que uno se había pensado.