Espriu y la memoria

CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA

Todo este serial de la memoria histórica, con el último capítulo, de momento, protagonizado por el juez Garzón y su iniciativa de procesar al franquismo (a buenas horas, mangas verdes) me trae a la memoria –disculpen la redundancia–, la obra de Salvador Espriu, uno de los colosos del siglo pasado. En su Primera història d’Esther, Espriu escribió unas palabras célebres: Atorgueu-vos sense defallences, ara i en créixer, de grans i de vells, una almoina recíproca de perdó i tolerancia. Eviteu el màxim crim, el pecat de la guerra entre germans (algo así como Otorgaos sin desfallecer, ahora y cuando crezcáis, de mayores y de ancianos, una limosna recíproca de perdón y tolerancia. Evitad el crimen máximo, el pecado de la guerra entre hermanos, y discúlpenme otra vez por la traducción improvisada).

En la obra de Espriu son frecuentes fragmentos como éste, e incluso libros enteros (los poemas de La pell de brau, por ejemplo), dedicados a difundir la necesidad del perdón mutuo después del gran desastre de la Guerra Civil. Por supuesto, Espriu no hablaba por hablar: él mismo había visto cómo la guerra se llevaba por delante el mundo en el que había crecido, esa Catalunya todavía noucentista, civilizada, industriosa y algo remilgada que poco antes él había caricaturizado con mordacidad en los relatos de Ariadna al laberint grotesc y que de repente se encontraba hundida y destrozada. En los años cuarenta, el poeta expresó su desolación por la hecatombe en un poema de Cementiri de Sinera que empieza diciendo Els meus ulls ja no saben / sinó contemplar dies / i sols perduts (mis ojos ya no saben sino contemplar días y soles perdidos), las palabras que Llorenç Villalonga eligió para abrir su obra mestra, la novela Bearn.

Limosna denegada
Más allá de la constatación del dolor por lo perdido, Espriu comprendió que la única forma de superar las consecuencias de tanta muerte y destrucción era esa limosna de perdón y tolerancia que él reclamaba. Sin embargo, esa dádiva nunca fue concedida. En su lugar, se perpetró el invento llamado Transición, oficialmente modélica porque no murió (casi) nadie, pero que básicamente consistió en que los vencidos (y humillados durante 40 años) se callaran para que los vencedores pudieran cambiarse la camisa y aparecer como demócratas convencidos de toda la vida. La guerra, la dictadura y sus consecuencias nunca fueron superadas por este camino. Como no habitamos las mentes ni los corazones de los genios, se hace imposible conjeturar qué diría Espriu si levantara hoy la cabeza y viera dónde y cómo estamos. Pero lo que es evidente es que su limosna recíproca de perdón y tolerancia no parecía ir, ni mucho menos, por aquí. Y aún menos otras palabras suyas, aún más difíciles e incómodas: Quin delicte no té / cap dret a l’amnistia? (¿Qué delito no tiene ningún derecho a la amnistía?)