La opinión real

¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO

Que opine me trae sin cuidado. Reconozco que tenía curiosidad por saber si era discreta. Ya he visto que no. Yo pensaba que la educación refinada daba para más; y estaba por sacar a mis hijos de la escuela pública, que está hecha un asco. Pero veo que los colegios de pago y la educación políglota no garantizan el sentido común, así que los voy a dejar en el instituto del barrio. Por cierto, el único político que ha hablado con sensatez en todo este asunto ha sido González Pons. Que lo hayan mandado callar dice mucho del canguelo de nuestros demócratas, incluso de los más republicanos y homosexuales, cuando tienen que lidiar con los asuntos de La Casa.

Coraje
Estaría bien que los homófobos perdieran el miedo a la Nueva Inquisición (a las Pajín, Aído y De la Vega) y se expresaran con total libertad, que dijeran con claridad lo que piensan. Por ejemplo: los homosexuales no pueden casarse. O: los homosexuales deben estar fuera de la ley. En este sentido, la Iglesia católica es un ejemplo de coraje. Cuando el Papa se ocupa de esos elevados asuntos teológicos que tanto le preocupan (los condones y la penetración anal), no tiene reparos en manifestar su delirante opinión. Acaba de decir que los homosexuales no serán ordenados sacerdotes, aunque sean castos. Podrás estar de acuerdo o no con Benedicto16, pero no me negarás que hay que tenerlos bien puestos para decir eso en la era de la corrección política y en plena crisis de vocaciones.

Vergüenza y filología
Pero, fíjate, prefiero esta actitud, casi naif, a la homofobia vergonzante de nuestros conservadores. Acobardados por la Nueva Inquisición, ninguno se atreve a decir lo que piensa: que la homosexualidad va contra natura y que habría que volverla a llamar pecado nefando. Repiten como una letanía el clavo ardiendo al que se han agarrado: estoy-a-favor-de-que-los-homosexuales-se-casen, pero-que-no-lo-llamen-matrimonio. También dicen: yo no soy racista, pero los moros no me gustan. O: yo no estoy en contra de la inmigración, pero en España no hay trabajo para todos.
¿De dónde les vendrá esta repentina preocupación lexicográfica? No les molesta que los homosexuales se casen y formen familias cristianas. Lo que les molesta es la palabra. Un matrimonio, dicen, no es eso. ¡Pero no dijeron nada, los muy bribones, cuando la palabra nave, utilizada siempre para designar barcos, se aplicó también a los cohetes! ¡Y tampoco protestaron cuando navegar dejó de ser solamente un desplazamiento por mar para convertirse en un viaje por Internet! ¿Acaso no es esta evolución semántica un fenómeno igualmente indignante? No sé qué pensarán en La Casa.