Viajes culturales

YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE 

Me parece que era Pío Baroja quien sostenía que el analfabetismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando. Los viajes, de acuerdo con esa idea, constituyen una especie de seminario en marcha, una vía de culturización que para sí querrían los filósofos peripatéticos de la Grecia clásica. No existen ya academias ni liceos al estilo de las de Platón y Aristóteles pero tampoco viajes a pie, como los de antes. Ahora se recurre a los vuelos de bajo coste y el viajero, el sufrido viajero, luce la etiqueta de turista.

Modalidades al uso
Ser turista no tiene hoy mérito particular: la especie abunda. Pero tal vez sea el horror a la masa el que lleve a que los paquetes turísticos se diversifiquen en busca de alguna identidad. Así, existen el turismo deportivo que arrastra a los hooligans de estadio en estadio; el culto, compuesto, en buena parte, por japoneses que acechan cámara en ristre desde los alrededores de Nôtre Dame; el turismo rural, fuente de incontables recalificaciones urbanísticas y, por fin el turismo en busca de sexo que se desplaza a países como Cuba o Tailandia. Aunque acabo de enterarme de la aparición de una nueva forma de turismo a la que llaman por su nombre anglosajón: el pub crawling. Lo que inventa el hombre blanco.

Puestos a traducir
Las noticias acerca de esa fórmula novedosa llegan desde Mallorca y, buceando por el diccionario de mi Mac, he podido enterarme de que crawling es la manera lenta de moverse de los insectos o, en otra acepción, el desplazamiento sobre rodillas y manos, como gateando. Dado que gat significa, en mallorquín, borracho, eso del pub crawling me parece una expresión de lo más indicada para nombrar el nuevo turismo sin necesidad de hacerse con una alternativa en castellano.

Gateando en busca de la felicidad
Parece obvia la satisfacción que produce el turismo gateante. Lo que resulta más raro es que haya que trasladarse hasta una isla remota en busca de tabernas; se diría que ingleses, galeses, escoceses e irlandeses disponen ya de suficientes. Es proverbial la ignorancia de los turistas en busca de alcohol y playa acerca del lugar en que se encuentran; una vez logrado un cierto índice de alcohol, se entra en el Nirvana así que, ¿a santo de qué el viaje? Quizá sea cosa del precio: entre 60 y 80 euros bastan para alcanzar el paraíso del turismo etílico. Un Baroja redivivo diría hoy que lo que se cura con el pub crawling es el miedo a tener que vivir en este siglo infausto.