El valor de las cosas

DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO

Llevo meses acordándome a menudo de la portada de un disco de Supertramp, Crisis? What crisis?, con un hombre sentado, en bañador, gafas de sol, sombrilla, mesa, periódico, cóctel, y el resto, ya en blanco y negro, fábricas y desperdicios.

Subastas
El lunes pasado, en una subasta en Nueva York, Sotheby’s esperaba recaudar 260 millones de euros y se quedó en 172. Sin embargo, una obra de Malevitch alcanzó los 42,5, convirtiéndose en una de las más caras de la historia. En realidad, había sido adquirida semanas antes. Imagino al comprador como al tipo del disco: la crisis estaba allí, pero él no se había enterado (hay otra lectura, claro: a él no le afecta). ¿Cuánto pagaría hoy por la misma pintura? Mientras, Christie’s se dispone a subastar el “Wittelsbach azul”, diamante que Felipe IV regaló a la infanta Margarita Teresa, figura central de Las Meninas.

Las Meninas
Ese cuadro es tan hermoso, tan sereno, que parece que nos va a proteger. De pequeño yo pensaba que Velázquez era el caballero que aparece tras la puerta del fondo. Y hasta hace poco, que el niño que molesta al perro era eso, un niño, y no un enano milanés con nombre y todo (Nicolás Pertusato). El señor desdibujado que habla con la monja es el guardadamas palatino. Originalmente, la principal misión del guardadamas era ir en el estribo del coche de las damas para impedir que nadie hablase con ellas. Curioso oficio. Dicen que Velázquez pintó el aire; dicen que al verlo, maravillado, Teófilo Gautier dijo: “¿Dónde está el cuadro?”.

Fantasía
Me pasé media mañana haciéndome una pregunta propia del inspector Clouseau: “¿Dónde está el diamante?”. Miraba y remiraba las manos de la infanta, su cuello, sus cabellos, su vestido, y no lo veía por ninguna parte. Empezaba a desconfiar de mis ojos, de la reproducción de aquel libro, me desesperaba. Como en un buen cuento de Poe, se me ocurrió al fin la solución más simple: no lo veía porque no estaba. Releí la noticia y, en efecto, nada se decía de que la joya apareciera en Las Meninas. Llevado por mi fantasía, lo había inventado; llevado por mi fantasía, había imaginado que, de ser inmensamente rico, pujaría por la joya. De pronto, ese multimillonario caprichoso que no soy había perdido todo interés por ese diamante que Velázquez no había pintado. Ya no estaba dispuesto a pagar una cantidad disparatada. Y es que las obras de arte tienen un valor incalculable, pues valen lo que alguien esté dispuesto a pagar por ellas. Porque el dinero es algo tan poco romántico –y tan necesario– que al final, el cliente siempre tiene razón. Aunque tratemos de arte.