Periodismo que se entienda

CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA

El cisco lingüístico de la semana pasada (en Catalunya se produce de media, y como mínimo, una polémica lingüística por semana; sí, resulta muy pesado) se desencadenó por unas declaraciones del filólogo Joan Martí i Castells, que ocupa el cargo de presidente de la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans (IEC para abreviar: se trata de un organismo más o menos paralelo a la Real Academia de la Lengua, que limpia, fija y da esplendor a la lengua de Joan Vinyoli). Se le ocurrió a Martí i Castells denunciar la pobreza lingüística que se exhibe impúdicamente en los medios de comunicación audiovisuales que se expresan en catalán (para que se hagan una idea, una pobreza comparable a la que se puede escuchar en los medios que se expresan en castellano). Sostenía Martí i Castells que resulta inconcebible que alguien ejerza de comunicador en Francia, el Reino Unido o Italia sin dominar bien el idioma correspondiente, y se hacía la siguiente reflexión: “A la persona que no tenga una competencia muy buena en la lengua que sea, en este caso la catalana, se le debe recomendar que se retire de esta función [la de comunicador] hasta que no obtenga esa competencia”. Después añadió: “Llámelo sanción económica o destinación laboral diferente”.

Tiene razón
Por supuesto, estas palabras encendieron la muy corta mecha de la susodicha polémica semanal, y en cuestión de nanosegundos ya teníamos plenamente animada la verbena de los demócratas sempiternos, entonando su canción favorita: que en Catalunya existe un totalitarismo lingüístico, que se persigue por la calles con un garrote a los hablantes de castellano y que esto se parece cada día más a la Alemania nazi. En esta ocasión, contaron con el inesperado coro de los aludidos, es decir, de los periodistas catalanes, algunos de los cuales arguyeron que los pilares del periodismo son el cumplimiento del código deontológico y la libertad de expresión. Uno se siente totalmente de acuerdo con tales observaciones, pero el caso es que no dejo de preguntarme qué libertad de expresión puede practicar un individuo que sólo alcanza a chamullar toscamente su propio idioma, ni tampoco qué rayos puede llegar a comunicar alguien que no domina ni por asomo la herramienta básica de la comunicación, que, mira por dónde, no es otra que el idioma, se trate de catalán, castellano, alemán o arameo. Dicho en otras palabras y en resumen: el pobre señor Martí i Castells, a quien le cayeron encima todas las furias, tenía más razón que un santo. El periodismo, ciertamente, debe ser veraz, contrastado e independiente, pero hay una condición necesaria e incluso previa a todo esto, y es que se entienda. Y a quien no sepa hacerse entender debidamente, hay que derivarlo hacia otras tareas. O descontarle del sueldo las clases de repaso y las sesiones del logopeda.