Con la polla en la boca

ANTONIO ALBERT

sodoma.jpgDiego Galán asegura que El cónsul de Sodoma es polémica. Supongo que así lo piensa porque la película muestra una polla en primer plano. Y no es una polla cualquiera, es la polla del poeta Jaime Gil de Biedma. No sé la cara que pondrá al verla su sobrina nieta Esperanza Aguirre: tal vez acabe por arquear la ceja, un gesto que ella debe despreciar porque le recuerda a ZP. Claro que entre pensar en la polla de su tío abuelo o en el presidente del Gobierno, incluso prefiera lo segundo.

La revista Fotogramas asegura que El cónsul de Sodoma recrea la “azarosa vida sexual” del poeta. Azarosa es un adjetivo que viene a significar arriesgada, ominosa, aciaga… Y todo, deduzco, porque a Gil de Biedma le gustaban las pollas. De gustarle los coños, la revista tildaría su vida sexual como gozosa, rica, intensa. Ah, se me olvidaba: en el filme se come un coño: el de Bimba Bosé. Pero incluso este desliz tiene tintes poco ortodoxos: ella tiene la regla. “Soy un vampiro”, confiesa él.

Tanta polla no es gratuita. Perdonen que me pase la columna con la palabra en la boca, pero la polla ocupa un papel clave en la película aunque, también, en la vida y en los versos de un hombre con debilidad por la noche y el morbo. Gil de Biedma era refinado y culto como Visconti, pero se movía en los antros más siniestros como Pasolini. Más que poeta, quería ser un poema. Y de serlo, más propio de Rimbaud que de Baudelaire.

Hay en El cónsul de Sodoma miradas lascivas, relaciones que oscilan entre el desprecio y la lujuria, bares que son el último refugio y, también, insultos y desprecios… Hay mucho de un estilo de vida que quedó para el olvido: era la España de Franco y los homosexuales de la época podían elegir entre el armario o la cárcel. Eso ha cambiado: gracias al Gobierno que no a Dios.
Pero volvamos a la polla. Sigfrid Monleón la presenta como lo que es, una estrella, y para ello recurre a un primer plano del miembro en erección. Una polla fea, por cierto, fotografiada con un efecto flou (se pone vaselina sobre un filtro o una gasa sobre la lente: Sara Montiel prefiere las medias de nylon) digno de las divas del Hollywood dorado. Un hallazgo. O un guiño.

A Jordi Mollà se le quedó el personaje. En las entrevistas habla como si declamara versos de Gil de Biedma, modula la voz y busca palabras que parecen prestadas para dar empaque a las respuestas. Las de su personaje tiene momentos brillantes gracias al talento de los guionistas Joaquín Górriz y Miguel Ángel Fernández, aunque lastrados por unas formas de rancio ‘tv-movie’. Y ojo al debú de Bimba Bosé, quien da su personalidad al personaje: impúdica, libre, fresca, hace verosímil una relación muy especial que podía resultar chirriante.