Opinion · Posos de anarquía

Lo que se perdió en Hama

Quién le iba a decir a Bashar al Asad, que soñaba con ejercer su carrera en Londres, que sería el autor de una de las mayores matanzas de su país. El accidente de tráfico de su hermano mayor Basel, el heredero legítimo según el manual del buen dictador, haría trizas el sueño del oculista. Atrás han quedado los tiempos en los que el treinteañero Bashar conducía por las noches de Damasco en su Audi, sin guardaespaldas. Por aquel entonces, quién le iba a decir que emularía a su padre, ‘el león de Damasco’, con una nueva matanza en Hama.

Sí, quién le iba a decir a él, tras el referéndum de 2007, que se convertiría en un asesino, que cometería crímenes contra la humanidad. En aquel referéndum, Al Asad obtuvo el apoyo del 97,62% de su pueblo, dicho de otro modo: con un índice de participación del 95,86%, de los cerca de doce millones de sirios llamados a votar, ni siquiera 20.000 votaron en contra del dictador. La oposición, imaginen, declaró pucherazo y los países que se ocultan bajo ese concepto cada vez más abstracto de ‘Comunidad Internacional’ miraron para otro lado.

Quién le iba a decir a Al Asad, tres años después y aún bajo la sombra del pucherazo, en plena gira latinoamericana y con escala en España a su regreso, que masacraría a su población, aunque en su última jura del cargo había prometido «proteger los intereses del pueblo y la seguridad nacional».

Y quién le iba a decir a la Unión Europea (UE), que hoy tan firmemente condena la matanza de Hama con Alemania a la cabeza reinvindicándose en el Consejo de Seguridad de la ONU, que su socio comercial en Oriente Medio iba tener las manos tan manchadas de sangre. Quién le iba a decir a la UE a mediados del año pasado, que la sangre llegaría a salpicarle cuando el que había sido su presidente hacía tan sólo una semana, el español Rodríguez Zapatero, aseguraba en la conferencia de prensa del 5 de julio de 2010 que «he trasladado al presidente sirio que para España un acuerdo de asociación Unión Europea-Siria es un hecho políticamente conveniente y relevante».

Quién le iba a decir a Rodríguez Zapatero que quizás, su idea de que «Siria y España, sin duda alguna, tienen un campo importante por desarrollar, sobre todo, en lo que afecta a la presencia empresarial con Siria», quizás no era del todo acertada. A pesar de que Al Assad dejara claro que «España no formaba parte de los intentos de aislar a Siria cuando varios países europeos trataron de aislarla o debilitarla».

Quién podía augurar el asesinato de más de un centenar de civiles en Hama. Se lo diré yo. Reporteros Sin Fronteras, que viene denunciado desde hace años el encarcelamiento y muerte de decenas de periodistas a manos del régimen de Damasco… o Human Rights Watch, que estima en más de 17.000 los disidentes desaparecidos en Siria en los últimos 35 años y más de 4.000 presos políticos… o Amnistía Internacional, que tan sólo un día antes de la conferencia de prensa entre Rodríguez Zapatero y Al Assad el año pasado, denunciaba la pena de tres años de prisión al veterano abogado y activista de derechos humanos sirio Haytham al-Maleh, de 78 años de edad, por haber expresado pacíficamente sus opiniones sobre la situación política y de los derechos humanos en Siria. Son sólo algunos de los que tenían las respuestas. Bastaba con prestarles oídos.

Cuando en 2007, Al Asad recorrió el lujoso barrio de Salhieh y juró su revalidación del cargo por otros siete años, los parlamentarios gritaron «sacrificamos nuestra sangre y nuestro alma por ti, Bachar». Entonces, no sabían que, efectivamente, ellos y otros tantos más allá de sus fronteras, sacrificarían algo más que sus almas.