Posos de anarquía

Van un ruso, una americana y... un fraude

Las elecciones rusas del pasado domingo huelen a pucherazo. Se mire como se mire. Y con todo, el batacazo electoral para Putin es considerable y, lo que es peor para el 'zar', un preludio de lo que le traerán las presidenciales de marzo del año que viene. Hay nerviosismo, mucho, y eso se percibe en el modo en que la policía rusa está reprimiendo las manifestaciones de activistas de la oposición que reclaman unos sufragios limpios.

Pero hete aquí que llega Hillary Clinton, cuyas dotes para la diplomacia para con Rusia son tan sutiles como un elefante en una cacharrería, y declara, sin previa investigación y en frío, que los comicios no han sido "ni libres ni justos". La reacción de Rusia no se ha hecho esperar, claro, y desde su ministerio de Exteriores se han tachado las declaraciones de "inaceptables". ¿Habría hecho estas mismas declaraciones Clinton si el país en cuestión fuera, por ejemplo, Bahrein? ¿O Marruecos, sin ir más lejos? Probablemente no; habría andado con pies de plomo para no pisar ningún callo ajeno.

Sin embargo, cuando se trata de Rusia, cualquier táctica para desestabilizar el país es válida. Incluso la acusación de fraude electoral, de la que la propia EEUU sabe mucho: aunque fuera del bando rival, la llegada de Bush a la presidencia en 2001 estuvo bajo la sombra de fraude en el estado de Florida del que ¡oh, sorpresa! era gobernador su hermano.

¿Significa esto que las elecciones de Rusia dejan de oler a fraude? En absoluto, pero sí es conveniente dar un paso atrás y no ver a Clinton como la defensora del juego limpio.  No lo es y su diferente rasero para medir democracias, sufragios e, incluso, asesinatos de terroristas sin juicio previo es pasmosa... como lo es su desfachatez para meterse en charcos en un momento en el que la potencia de las barras y estrellas pierde cada vez más fuelle.