Posos de anarquía

¿Seguimos creyendo en Europa?

La pasada celebración de la Diada, con su kilométrica cadena humana, así como la cuenta atrás del referéndum por la independencia de Escocia puesta en marcha por la agenda (des)informativa han reavivado el debate sobre la independencia de Catalunya. En medio de esta polémica, ha vuelto a surgir el fantasma de la Unión Europea (UE) y cómo ésta excluiría a Catalunya en caso de ruptura de la tan nombrada "unidad de España". Y eso, a unos meses de las próximas elecciones al Parlamento europeo que tendrán lugar en mayo del año que viene.

Esta entrada no abordará el debate soberanista, aunque sí avanzo que más que del derecho a decidir -que también-, estoy a favor del derecho a conocer, es decir, de que todos, tanto catalanes como ciudadanos del resto de España, sepamos qué quiere realmente el pueblo de Cataluña, no sólo sus políticos. Sobre lo que quiero lanzar una reflexión, en cambio, es sobre la 'amenaza europea' a Catalunya, no sólo lanzada por el Ejecutivo de Rajoy, sino por comisarios europeos como Almunia: "Si te indenpendizas, di adiós a Europa". ¿Y qué? En el medio plazo, ¿de verdad eso supondrá un perjuicio mayor que el de permanecer en la UE?

Analizando fríamente lo que ha sucedido en los últimos años en la Unión Europea no resulta complicado constatar que la vida de sus ciudadanos, en general, ha ido a peor. Una merma en la calidad de vida que no sólo no ha salpicado a la élite económica sino que, además, le ha servido para incrementar sus riquezas. Sólo en España, 2012 cerró con más de 7.000 nuevos millonarios mientras el 20% de la población vive ya en el umbral de la pobreza. Y con todo, algunos continúan alardeando de democracia y libertad.

¿Por qué sucede esto? En gran medida, por el asalto del neoliberalismo a los poderes políticos nacionales y a las instituciones europeas. Un asalto, por otro, lado, realizado con el más absoluto de los descaros, colocando en las posiciones más estratégicas, precisamente, a quienes son responsables directos de esta estafa que han tenido a bien llamar crisis. Con un Banco Central Europeo inexistente, actuando más como un lobby del Bundesbank que como una verdadero regulador, y con la troika y los hombres de negro emulando a Atila por cada país que aterrizan, ¿realmente es positivo permanecer en Europa?

La eficiencia de la UE a la hora de atajar la crisis ha sido nula; algo lógico, por otro lado, dado que la recesión en manos neoliberales no es más que un instrumento para sacar partido y desequilibrar aún más la balanza de igualdad social. Lo vemos día a día aunque tanto políticos, como patronal y muchos medios de comunicación nos cuenten una sarta de mentiras. Por poner un ejemplo, de clase de Economía de primer año: no existe ni una sóla experiencia empírica que demuestre que reducir los salarios favorece la creación de empleo. Más bien al contrario, porque se reduce la capacidad de ahorro, cae el consumo, las empresas no venden y, finalmente, recurren a nuevos despidos.

¿Qué ha hecho la UE y qué aplauden los empresarios? Proponer rebajas salariales, incluso, del mínimo interprofesional que, en el caso de España ya de por sí es incompatible con una vida digna. "Bueno, si lo proponen es que verán sus beneficios", pensarán. Ninguno en absoluto, al menos para la clase obrera, y el mejor ejemplo de ello es Grecia, que sí aceptó reducir su salario mínimo y, desde entonces, el dato del desempleo no ha mejorado.

En este contexto, más mentiras. Los políticos lanzan mensajes esperanzadores aferrándose a datos macroeconómicos y gritando, por enésima vez desde 2008, "¡ya hemos pasado lo peor, vemos la luz al final del túnel!". Y no es así mientras que el neoliberalismo esté instaurado en Europa. Piensen que todo lo positivo que hoy pueden encontrar en la macroeconomía es porque la micro está hecha un desastre y, en concreto, esa economía de bolsillo, la que usted y yo manejamos. Esa microeconomía en la que nos encontramos sumergidos y en la que, de un día para otro, nos descubrimos con un empleo precario cuyo sueldo únicamente nos da para seguir viviendo y acudir al trabajo al día siguiente.

Por eso lanzo la pregunta, "¿seguimos creyendo en Europa?". Y la primera respuesta posible es "tal y como está hoy configurada, no". Lo que nos lleva a una segunda cuestión que para ser respondida requeriríamos de otra entrada: "¿Es posible cambiarla?". Y algo me dice que no, que cuando el mal se encuentra tan enquistado no hay elecciones al Parlamento Europeo que valgan; algo me indica que desde dentro no hay manera posible de revertir la situación hacia una Europa de igualdad y libertad, de democracia. Es posible que lo veamos en los índices de participación en las urnas en 2014, en la que se fundirán el argumento que esgrimo con la desafección política y con, sencillamente, las ganas de aprovechar mejor el tiempo libre que ir a votar algo que muchos ni siquiera saben para qué sirve.

En suma, los países del sur de Europa, quizás, debieran tratar de buscar por sí mismos, en asociación, una alternativa a esa Europa neoliberal que ha terminado por estafarles, que maneja países del mismo modo que un empresario a sus trabajadores y, en definitiva, explota. ¿Se imaginan, por ejemplo, cambiar desde dentro la CEOE para que ésta velara por la viavilidad de las empresas garantizando la igualdad social? Pues ya han respondido, rápida y escuétamente, a la segunda de las cuestiones: No es posible cambiar la UE... pero sí hacer una nueva.