Posos de anarquía

Otra gran estafa: el banco malo

Ojalá pudiera decir que me ha sorprendido, pero no. Esta mañana leía en El Confidencial que la rentabilidad de la Sareb peligra. Vayamos por partes: ¿recuerdan qué es la Sareb? La Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria o, para entendernos, el banco malo que se sacó de la manga Luis de Guindos, ministro de Economía. Este banco malo era el encargado de hacerse cargo de los activos tóxicos de los bancos, esto es, de esa ingente cantidad de inmuebles que los bancos tenían en su haber después de haber desahuciado a sus habitantes por impago de la hipoteca.

Simplificando, era eso. Y digo simplificando, porque no sólo había impagos de hipotecas de pisos, sino también obras sin terminar. A finales de 2013, recuerdo que tuve ocasión de entrevistar a personal de Sareb y entonces cifraban este número en unos 650 activos (obras que planeaban demoler, por cierto).

¿Qué significa que se dude de la rentabilidad de la Sareb? No es sólo que no vaya a generar beneficios a sus accionistas, sino que si no es capaz de pagar su deuda, adivinen quiénes somos los avalistas: efectivamente, el Estado. En todo caso, si hay que reponer capital, porque ya se ha pulido 1.200 millones de euros en 2 añitos y sólo quedan en caja 350 millones, será el FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) –de nuevo, nosotros- quien tenga que poner el 48%.

Parte de las dudas que alegan los responsables de la Sareb para cuestionar su rentabilidad vienen a contradecir al ministro de Economía pues hablan de "incertidumbres del ciclo económico", mientras que Guindos no hace más que hablar de crecimiento por encima de las previsiones, por lo menos, hasta 2020. Lo curioso de todo es que cuando nació la Sareb en 2012, la incertidumbre era muchísimo mayor y entonces la consultora KPMG lanzó unas previsiones de rentabilidad del 15%.

¿Por qué se inflarían de ese modo las cifras? Sencillo, porque había que lograr a toda costa que el FROB no superara el 50% del accionariado pues, de hacerlo, computaría como deuda pública y no le saldrían las cuentas al trilero de la economía y ex Lehman Brothers, Luis de Guindos.

¿Quiénes son los accionistas? Pues en realidad entraron casi todos los grandes bancos, con la excepción de BBVA, lo que de nuevo nos convierte a los españoles en accionistas indirectos. ¿Por qué? Porque entre los accionistas hay por un lado entidades nacionalizadas como BFA-Bankia, Catalunya Caixa, NCG Banco-Banco Gallego y Banco de Valencia; y por otro, las asistidas con ayudas públicas (BMN, Liberbank, Caja3 y Ceiss). Dicho de otro modo, a efectos prácticos, el 95,5% de la financiación de la Sareb es dinero público y únicamente el 4,5% de su capital viene del sector privado.

 

La llegada de los fondos buitre

Lo que no cuentan los políticos y mucho menos el actual presidente de la Sareb, Jaime Echegoyen, es que el banco malo ha sido una cortina de humo para repartir el botín entre amiguetes. Ni más ni menos. ¿Cómo va a ser rentable una entidad si se dedica a vender inmuebles a precio de saldo?

Uno encajaría bien esas pérdidas si al menos las viviendas se hubieran vendido baratas a colectivos desfavorecidos, pero no es el caso. Los grandes beneficiados de los tejemanejes de la Sareb han sido los fondos buitre. Un buen ejemplo de ello fue la Operación Toro, con la que el banco malo vendió un paquete de 939 viviendas repartidas por Andalucía, Canarias y la Comunidad Valenciana, 750 garajes y trasteros y un local comercial, por valor de 100 millones de euros.

En aquella operación, el fondo buitre HIG Capital se llevó los mejores inmuebles con una pérdida a cargo de los españoles del 18% aproximadamente. Unos inmuebles que, seguramente, HIG Capital vendería a posteriori a precios desorbitados forrándose. El precio medio de venta al que se había comprometido Sareb para esos activos era de 125.000 euros, y al que finalmente se vendieron fue de apenas 100.000. Sencillamente, Sareb vendía en pérdidas. Y esto es sólo un ejemplo.

Jugada maestra para Guindos y sus amiguetes financieros que, seguramente y cuando abandone la política, será quienes le devuelvan los favores prestados.