Posos de anarquía

Vallas

Caminaban cogidos de la mano. Padre e hijo disfrutaban de sus últimos días de vacaciones; paseíto matutino hasta el quiosco para comprar el periódico y hojearlo mientras el pequeño jugaba en el parque. Mientras el padre compraba el diario, el niño no pudo evitar ver las portadas de casi todos los periódicos, colgados del expositor situado en una de las esquinas mientras las revistas del corazón cubrían todo el frontal del quiosco.

Miles de personas, hombres, mujeres y niños, cargados con bolsas, saltando vallas, caminando descalzos... en otra, dos cadáveres flotando en el mar en un estado putrefacto... una más, al fondo, con barcas como la que papá le llevaba a la playa, a duras penas manteniéndose a flote por la veintena de hombres que lleva en su interior...

Encaraban ya el camino para el parque cuando el niño no puedo dejar de lado las preguntas que le venían a la cabeza:

- Papá, ¿qué es un refugiado?

El padre miró sorprendido a su hijo por lo inesperado de la pregunta y, tragando un par de veces saliva, contraatacó con otra pregunta:

- ¿Pero dónde has oído eso? - como si no estuviera en la televisión a todas horas.

- Pues en el quiosco, lo ponía ahí -contestó.

- Ya veo, ya -intentando ganar tiempo para pensar una respuesta-, pues es una persona que no puede vivir en su país y huye a otro.

- ¿Y por qué no puede vivir en su país?

- Bueno, porque en todos los países no se vive tan bien como aquí, hay guerras... y los refugiados tienen que escapar -respondió el padre, esperando zanjar lo que iba camino de un interrogatorio.

- ¿Y por que ponía en el periódico que se construyen vallas en Europa para que no entren esos refugiados? -el hijo puso el dedo en la llaga, mientras el padre aceleraba el paso para llegar cuanto antes al parque.

- Pues, hijo, porque en el país no cabemos todos.

- ¡Pero si hay mucho sitio! -contraargumentó el pequeño.

- No, me refiero a que si dejáramos entrar a todos, pues no viviríamos tan bien como ahora.

- Pero ellos sí vivirían un poco mejor que ahora, ¿no?

- Sí, pero a costa de nosotros y eso no puede ser, ¿entiendes? -al fin habían llegado al parque y, aliviado, el padre soltó la mano a su hijo y lo mandó a los columpios.

Habían pasado apenas 15 minutos desde que el niño comenzara a descolgarse por una de las tirolinas del parque y el padre ya había dejado atrás las páginas de Internacional, con las impactantes fotos de refugiados hacinados en las fronteras, como quien hojea un albúm de boda. Y entonces, unos gritos le hicieron levantar la vista del artículo sobre si un fichaje estrella de fútbol era o no feliz.

Salió disparado al haber perdido de vista a su hijo y corrió como alma que lleva al diablo hasta detrás de unos setos, origen de los gritos. Encontró a su pequeño, pateando y escupiendo a un mendigo que buscaba algo de sombra y cobijo a los pies de aquellos arbustos.

- ¡Fuera de aquí! ¡Vete! -gritaba el niño.

El padre cogió por detrás a su hijo al grito de "¡Para, para!", al tiempo que pedía perdón al sin techo, que ni siquiera se mostraba sorprendido. En sus ojos, más bien, se percibía resignación, de esa que está tan ahogada en la pena que resulta imposible quitársela de encima.

Con el hijo todavía en volandas, cogido por las axilas, el padre espetó:

- ¿Pero estás loco o qué? ¿Por qué te pones a pegar a ese señor? ¿No ves que eso está muy feo?

- No es un señor, papá, es como uno de esos refugiados. ¡Que se vaya, que no cabemos todos! ¡Que se vaya!

El padre se quedó tan fuera de juego que con un "¡Anda, deja de decir tonterías y vamos para casa!" zanjó la discusión... y el niño, no entendió nada, pero algo en lo más profundo de su ser le pedía jugar con esos niños al pie de una valla con cuchillas que había visto en el periódico. Aunque no supiera explicarlo, aunque no comprendiera eso de vivir bien y vivir mal, algo le hacía pensar que sí cabían todos y que si los mayores no querían, sería por otra cosa... una de esas que nunca explicaban bien porque, quizás, no tienen explicación alguna.