Opinión · Posos de anarquía

¡Viva España! ¿Qué España?

En el Día de la Hispanidad muchos son los que gritan ¡Viva España!, pero ¿qué España? ¿Cuál es esa que tanto vitorean algunos? ¿La de la corrupción consentida y ocultada por quienes más presumen de demócratas? ¿La de la pobreza crónica? ¿La de más de un tercio de los niños pasando hambre? ¿La del éxodo de jóvenes convertidos en migrantes para poder sobrevivir? ¿La de los más de 4 millones de parados?

¿Qué España es esa de la que algunos se sienten tan orgullosos? ¿La de ese pueblo solidario que ni siquiera es capaz de salir a la calle en masa, por millones, cuando su Gobierno legisla violando las libertades civiles más esenciales? ¿La España que ni siquiera es capaz de penalizar en las urnas cada cuatro años a quienes llevan saqueando el país durante décadas?

¡Viva España! Pero no esta España nuestra que hoy vivimos, sino la que tenemos oportunidad de construir, una de la que realmente nos sintamos orgullosos porque hacerlo en la actualidad sería o pecar de ceguera o de ese patriotismo rancio y retrógrado que a nada bueno conduce. Elogiemos la España que podemos palpar con nuestras manos, que todavía es posible moldear entre todos juntos en lugar de que la deformen tan solo unos pocos.

Enciendan hoy el televisor, vean el palco de autoridades del desfile de las Fuerzas Armadas y contemplen allí al puñado de personas que, precisamente, nos dan motivos para, hoy más que nunca, no gritar ¡Viva España!, tanto por ellos en sí mismos como por nosotros, que con nuestros votos y nuestra connivencia les hemos puesto ahí.

¡Viva España, la futura, la que realmente tenga una Transición de la que de veras sentirse orgulloso! Una España que se construya con el pueblo y no a costa del pueblo, una España cuyos artífices no sean los herederos del régimen anterior ansiosos por seguir esquilmando a un pueblo y su nación. Una España, en definitiva, tan grande, con tantos motivos para sentirse orgullosos de pertenecer a ella que, para cuando alcancemos ese punto, entonces nos demos cuenta de que no hay España que valga, porque si lo hacemos bien, las fronteras entre pueblos habrán caído y hablaremos de culturas y tradiciones conviviendo en armonía, enriqueciéndose unas a otras, y no de líneas artificiales trazadas en el terruño.