Opinión · Posos de anarquía

Un día para los muertos y ninguno para los vivos

Se acercan el Día de Todos los Santos y el Día de Difuntos (1 y el 2 de noviembre), fechas en las que los cementerios españoles se llenan de personas que va a cambiar las flores a las tumbas y los nichos de sus muertos. Es posible que muchos de ellos, no es que no hayan pisado el cementerio el resto del año, sino que tampoco han puesto un pie en el recuerdo de ese ser querido que un día se fue. Admitámoslo, tiene algo de hipócrita, algo de terapia para expiar la culpa del olvido esto del Día de Todos los Santos.

El que suscribe nunca será ejemplo de nada, demasiados errores o de tal magnitud que nublan los pocos aciertos alcanzados, pero considerando la lista de muertos que arrastro a mi espalda, al menos en esta materia, puedo hablar con propiedad. Familia y amigos que se fueron hace años, a los que despedí un día en el cementerio y tan sólo en un caso concreto, mi madre, repetí visita… y sólo al principio, porque una vez allí, delante de la lápida y con cinco rosas rojas representando a su familia más cercana, no sabía qué decir, ni siquiera qué pensar, porque pareciera que por el mero hecho de estar allí plantado tuviera que dirigir mi mente hacia un punto, hacia un momento concreto.

Han pasado 11 años de aquello y ya entonces descubrí que, aunque está bien que la gente salga cada 1 y 2 de noviembre a honrar a sus muertos, es mucho más importante hacerlo el resto del año. Entonces descubrí que me sentía mucho más cerca de ella cuando, como sucede ahora, 11 años después no hay día que no recuerde a mi madre en algún momento de la jornada. No sucede lo mismo con todos los que fallecieron, por supuesto, pero aunque la frecuencia con que se cuelan en mi mente sea menor, desde luego supera con creces la satisfacción que me produce, lo afortunado que me siento porque un día se cruzaron en mi vida, aunque todo terminara mal.

Pero si es importante recordar y honrar a los muertos, no se olviden de los vivos, no esperen a que se vayan, muchas veces de un portazo y sin avisar, para honrarles, para acercarse a ellos, para decirles y, sobre todo, demostrarles que los quieren, que los aman con locura. No dediquen un día a los muertos y ninguno a los vivos porque, de hacerlo, alguien quizás en algún punto le esté recordando ya a usted porque, en realidad, corre poca vida por sus venas.

No permitan que se despierten una mañana y reparen en la poca atención que llevan prestando a la persona que yace con usted en el lecho, con la que en el pasado emprendieron una de las aventuras más maravillosas que nos brinda la vida y, paulatinamente, han anestesiado todo aquello. No espere a lanzarse a ninguna aventura de ese tipo, no sea cobarde porque en los asuntos más vitales siempre es preferible pecar de temerario. Péguese un buen chute de adrenalina, despierte y dedíquese de pleno a los vivos, primero a los más cercanos, pareja, hijos, padres, familia en general y amigos, porque sigue siendo una asignatura cercana y, después, al resto.

¿Al resto? Por supuesto, al resto. No espere a que se ahogue otra veintena de migrantes en el Mediterráneo para lamentarlo, sienta el dolor con sólo imaginar que en algún punto de la costa africana, en este preciso instante que lee estas líneas, están ya embarcando en una balsa de plástico. No espere a salir de copas por la noche y toparse con una familia rebuscando alimentos caducados en los contenedores de basura de un supermercado. No, no espere. Dedíquese también a esos vivos, porque son de los nuestros, porque ayudándoles, aportando nuestro granito de arena el mundo, sencillamente, será mejor.

No dejen que pase ese tren, súbanse aunque no tengan billete, echemos juntos al revisor, y volquémonos de una vez por todas con los vivos, mandando al carajo a ese ejército de zombies que un día ayudamos a subir al poder y que ahora inundan todo con su putrefacción moral. ¿Se apuntan?