Opinion · Posos de anarquía

Campaña 20D: La caja se tonta se hizo aún más tonta

Lo que no ‘sale’ en la televisión no existe. Esta máxima aplica para buena parte de la población española que únicamente se informa a través de este medio de comunicación. En realidad, siempre ha sido así, puesto que no deja de ser una extensión de aquel planteamiento, previo a la llegada de Internet, que concluía que lo emitido por la televisión ya era creíble y verídico en sí mismo… ya saben, aquello de, «lo dice la tele».

Los partidos políticos siempre han sido conscientes de ello. Siempre. Decía Marx en el siglo pasado que «la clase que dispone de medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de medios para la producción intelectual; por lo que en líneas generales las ideas de quienes carecen  de medios para la producción intelectual está sometidas a ella«. Y eso mismo es lo hemos visto en esta campaña: no se ha jugado limpio.

Algunos partidos -Unidad Popular y UPyD-, han sufrido un apagón informativo generalizado que se ha hecho especialmente llamativo en la televisión, medio en el que han volcado sus campañas los cuatro partidos que han salido beneficiados de este apagón -PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos-. Sin embargo, más allá de debates sesgados, parciales y antidemocráticos que hemos vivido, por mucho que las cadenas los maquillaran como históricos, a lo que hemos asistido ha sido a un exceso de política espectáculo.

Personalmente, me importa un carajo la vida personal de los candidatos a presidente. Algunos dirán que eso es un error, que la vida personal es reflejo de lo que luego hará en la esfera pública pero, ¿esto es necesariamente así? Salvo si incurriese en algún delito, que entonces sí creo que, al menos, ha de tenerse en consideración -sin que tenga por qué ser determinante-, ¿para qué quiero saber yo cómo baila una vicepresidenta, cómo se pone hasta las cejas de vino un presidente que ni sabe encender una vitrocerámica o cómo desafina otra candidato canciones de Krahe? No me aporta nada.

Nos adentramos peligrosamente en esta política a la americana, en la que, por ejemplo, una infidelidad matrimonial acaba con la carrera política de un o una representante. Realmente, ¿un adulterio puede impactar en la buena gestión política de alguien? ¿Por qué ese asunto de la esfera personal impacta más negativamente en la pública que los deslices o tropelías que de hecho se comenten en la misma pública? Todos los candidatos que se han entregado en esta campaña a esa política espectáculo, esa política amarillista que visten de cercanía con la gente pero que, en realidad, busca atrapar el voto por el atajo del postureo, acaban de firmar un cheque en blanco para que su vida personal ya vaya a jugar en contra de su política. Ya no hay marcha atrás, no al menos con la moral que ellos mismos han suscrito cuando se han lanzado a subirse a un molino de viento o a un globo.

«Se trata de humanizar a los candidatos», dirán algunos, pero yo no necesito que los humanicen, yo quiero que demuestren tienen los pies en la tierra y contacto con la realidad escuchando sus propuestas, no viendo lo que desayunan o cómo abrazan un cojín amarillo. Yo no quiero un presidente cercano, sino eficiente y justo. Yo no quiero que mi presidente pudiera ser mi amigo, sino que defienda nuestros intereses y nuestros derechos como si le fuera la vida en ello. Y eso sí quiero que me lo demuestren, y eso no se hace corriendo por los pasillos de un plató en kart.

Por todo ello y si realmente reflexionan sobre ello, los candidatos que no se han prestado a esta política espectáculo son los que siguen confiando en la política de Estado, los que no se rinden a las corrientes huecas de esa hipocresía reinante que lleva a las personas a criticar programas como Sálvame mientras han disfrutado de una suerte de Sálvame Electoral este campaña.

Personalmente, creo que inspiran más confianza quienes, a pesar de no contar con tantos medios ni tantas oportunidades mediáticas, se mantienen fieles a un modo de hacer política y transmitirla, de no recurrir al espectáculo y de no confundir el ser más empáticos y claros con los ciudadanos con el compadreo. No lo olviden, porque el día de mañana, cuando vuelvan a modificar un artículo de la Constitución sin consultar con la ciudadanía, cuando pongan de asesores a sus cuñados, cuando les recorten la Sanidad e introduzcan copagos, no lo harán subidos en un globo ni jugando al futbolín, no lo harán encestando o cantando y bailando: lo harán sin que les vean, desde un reservado de restaurante que, posiblemente, ni usted ni yo nos podremos pagar.