Posos de anarquía

La provocación de la Medalla a El Juli

La fiesta nacional de los toros es arte. Pocas frases albergan en tan pocas palabras tantas mentiras. Ni es fiesta, ni es nacional y, sobre todo, no es arte. A pesar de ello, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha tenido a bien este año conceder a El Juli la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2016. Más que un despropósito, una provocación.

El lobby taurino, cuyo poder es innegable y, casualmente (o no), siempre mucho más ligado a la derecha, estará hoy exultante. Los empresarios y políticos (en masculino, sí, porque prácticamente no hay mujeres) que cierran acuerdos millonarios en el tendido, como también hacen en los palcos de los estadios de fútbol, estarán satisfechos... como contento estará el rey emérito, el Borbón, tan amigo de irse de safaris a matar animales.

Sin embargo, otorgar esa medalla a El Juli es un error. Que esta derecha rancia que nos gobierna haya dado un balón de oxígeno a una práctica que se moría por sí sola, con plazas cada vez más vacías, es una metedura de pata colosal. El mundo de la tauromaquia ha intentando justificar esta atrocidad de las maneras más disparatadas, recurriendo incluso a veterinarios que parecían sacados de un tebeo de Ibáñez y aseguraban que el toro no sufría. A la postre, siempre una y solo una justificación: Es tradición.

Tradición también son las peleas de gallos. También son animales que únicamente existen para esas peleas, y son animales que se miman desde que nacen... y guardan una estética que se cuida al detalle y, siguiendo el mismo rasero, constituyen una vieja tradición, una manifestación de cultura y arte popular. Sin embargo, a ningún casteador le han concedido ninguna Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Ambas son tradiciones, pero debemos superarlas, debemos evolucionar. No hay tradición alguna que justifique jamás el maltrato animal. Ninguna. Le pese a quien le pese, tenga los intereses que tenga, encumbrar a la tauromaquía al lugar al que la derecha la ha llevado en pleno siglo XXI es un síntoma más de la enfermedad que corroe a esta sociedad, de ese conservadurismo que, como tal, está anclado a valores del pasado y, lo que es peor, los trata de imponer.

Por otro lado y en pleno envite independentista, la Medalla a El Juli no está exenta de una carga política brutal. Por alguna estúpida razón -dado que cada vez tienen menos apoyos-, la derecha ha identificado las corridas de toros con un símbolo patrio, con ese espíritu vetusto que se aferra y fuerza una imagen de unidad mientras lo que hace es dividir -y aplastar- a sus componentes.

Así las cosas, quienes detestamos la tauromaquia y todo lo relacionado con ella, hoy más que nunca debemos dar la espalda a esa Medalla y todo lo que esconde. Lejos de ver un ascenso de ese deleznable mundo de maltrato animal, debemos considerar esa medalla, para que lo entiendan l@s taurin@s, el anuncio del tercio de muerte. Es cuestión de tiempo que le demos la estocada definitiva.