Opinion · Posos de anarquía

¿Cuánto vale una persona migrante?

Somos muchas las personas que tenemos claro la respuesta a la pregunta que encabeza este artículo: un/a migrante vale lo mismo que una persona nativa porque, en realidad, el adjetivo es accesorio. Así debería ser, puesto que una persona rubia vale lo mismo que una morena, una blanca que una negra o una rica que una pobre. Sin embargo, también tenemos claro que el mundo no funciona así. Nos lo enseña día a día nuestra clase política, especialmente los que alimentan el bipartidismo PP-PSOE, cuya respuesta a la pregunta es idéntica: una persona migrante vale tanto como votos facilita, ya sea recibiéndola con los brazos abiertos o expulsándola con una patada en el trasero.

El Aquarius no sólo está realizando una labor admirable rescatando a personas migrantes; también ha servido para darnos una bofetada de realidad y poner encima de la mesa el tratamiento que los partidos políticos hacen de la migración. Pedro Sánchez ha sucumbido a la presión social, ha perdido el coraje que en junio llevó al Gobierno español a desoír los mensajes ultranacionalistas de PP y Ciudadanos y a acoger a más de 600 migrantes a bordo del Aquarius.

España, según el PSOE, ya no es un puerto seguro para el buque con 141 migrantes abordo. Un cambio de criterio detrás del cual, lo adornen con el discurso que lo adornen, tan sólo se encuentra un nuevo uso partidista de la migración. Es evidente que España no puede convertirse en el único país europeo que acoja a migrantes, pero dar la espalda a quienes han sido rescatad@s no parece que sea la solución. Pedro Sánchez lo está haciendo.

El PSOE ha pasado de mostrar su lado más humanitario a alinearse nada menos que con el retrógrado ex ministro del Interior Jorge Fernández Díaz. Los socialistas que tanto criticaron las devoluciones en caliente que quiso legalizar el PP por violar el Derecho Internacional, los mismos que presentaron un recurso de inconstitucionalidad, ahora las están defendiendo en Estrasburgo. Un auténtico despropósito que se maquilla con ese neolenguaje asqueroso de “frontera flexible”.

Si miramos al otro lado, PP no es mucho mejor.  Con los de Génova se ha vivido una de las épocas de más vulneraciones de los Derechos Humanos. Su tufo xenófobo se entremezcla con la náuseas que les provoca la pobreza, confundiendo ayuda con limosna. Su cinismo va en dirección inversa al de PSOE y critica con el mismo desparpajo tanto el acogimiento como el rechazo del Aquarius.

Los Gobiernos autonómicos, en los que se mezclan los colores rojo y azul, la cosa no mejora, incapaces de ponerse de acuerdo a la hora de acoger a l@s migrantes menores de edad. La distancia entre sus palabras y sus hechos es tan grande como el camino que llevan a sus espaldas quienes ahora se sienten rechazados, recluidos en CIEs.

¿Y fuera de España? Pues si miramos a Marruecos, no son votos lo que busca el dictador Mohamed VI, sino dinero con el que seguir enriqueciéndose. El amigo de los Borbones utiliza a las personas migrantes para chantajear a España, bien sea para suscribir un acuerdo de pesca ilegal con Europa que esquilma los recursos saharauis, bien para recibir otro tipo de fondos europeos. En mitad de sus presiones, las personas migrantes, que siempre pierden: si se satisfacen las demandas de Marruecos, son apaleados mientras España mira para otro lado; si no consigue lo que exige, es Marruecos quien desvía la vista dando un cheque en blanco a las mafias.

Dos son los ingredientes básicos para un buen gobernante: coraje y principios. Ni PP ni PSOE han demostrado tenerlos. El objetivo no es mantenerse en el Gobierno, sino gobernar, que son dos cosas muy distintas. Un estadista honesto debería ser fiel a sus principios y ponerlos en práctica cueste lo que cueste. Si el electorado le da la espalda y lo apea del poder, tendrá que aplicarse para hacer pedagogía, para  hacer comprender que sus postulados son los que nos llevan a una sociedad mejor, pero lo que nunca, jamás, debiera suceder es cambiar los principios para aferrarse al Gobierno. Eso es lo que sucede y, lo que es peor en el caso de la migración, haciendo trueque con vidas humanas.