Opinion · Posos de anarquía

Guardia Civil: cuando los galones se llevan en la bragueta

Mi colega Laura L. Ruiz publica hoy una información acerca de algunos de los casos más polémicos en materia de igualdad en el seno de la Guardia Civil, que dejan a ésta en muy mal lugar como cuerpo de seguridad del Estado. El hecho añadido de que la Benemérita se niegue a hacer cualquier tipo de declaración, arrojando luz sobre estos hechos de extrema gravedad, acrecienta la desafección hacia una parte del cuerpo que termina por manchar al resto.

Copio textualmente del artículo firmado por Laura: “Desde la sanción por “insubordinación” a la agente que se quejó de la falta de chalecos antibalas femeninos en Cantabria, hasta la represalia por negarse a reducir la vigilancia sobre una mujer maltratada en Chipiona, pasando por los ocho años que se tardó en equipar de manera adecuada a una agente de montaña en Huesca”. Sólo con estos casos de agentes sancionadas por esas acciones, el ministerio del Interior debería haber activado todas sus alarmas para poner orden en la Guardia Civil.

Si a todos esos casos, sumamos el último, en el que la sargento del Seprona, Gloria Moreno, se enfrenta a cuatro años de cárcel por hacer constar una información que apuntaba al chivatazo de otro agente a cazadores furtivos, el despropósito es descomunal. ¿Qué está sucediendo en este cuerpo? Pues, tan sencillo y tan crudo que, como sucede en el resto de la sociedad, las mujeres lo tienen mucho más complicado que los hombres.

El problema radica en que la Guardia Civil es uno de esos cuerpos que debería ser ejemplarizante, tanto por ser una organización del Estado como por la autoridad que representa. No es el caso, parece evidente. El corporativismo que impera en la Benemérita, donde casi el 80% de las denuncias por acoso laboral y sexual que se presentan acaba archivado, y esa sobreprotección para que ningún caso negativo dañe su imagen han conseguido, al final, el efecto contrario.

Como sucede con la Iglesia Católica y los casos de pederastia -de nuevo, tristemente, noticia-, la opacidad en estos casos juega en contra. Tapar casos de machismo, acoso o, como en el último caso descrito, de caciquismo rural, es arrojar una montaña de basura sobre todo el cuerpo cuyo hedor terminará por descubrir todo el pastel, como de hecho ha sucedido.

Desde esta columna, no puedo más que mostrar todo mi apoyo y mi solidaridad a todas esas mujeres guardias civiles, víctimas de este cuerpo al que el ministerio del Interior, no sólo deja actuar con total impunidad moral sino que, además, respalda. Desde estas líneas, vuelvo a reclamar dos cosas: por un lado, que esa parte de la Guardia Civil compuesta por hombres de bien, que renuncian al machismo y al patriarcado imperante, se vuelquen en el apoyo a sus compañeras, no las dejen solas porque, hacerlo, es contribuir a que nada cambie, a que cualquier jefe de comandancia chusquero vuelva a proyectar su frustración e inseguridades en una mujer por el hecho de ser mujer, a que baje sus galones a la altura de la bragueta.

Por otro lado, también reclamo una mayor proactividad por parte de la cartera que lidera Fernando Grande-Marlaska. Es preciso erradicar esa cultura machista que todavía campa a sus anchas en la Guardia Civil; es crucial que los machistas no puedan ampararse en los expedientes por insubordinación abiertos a aquellas mujeres que no quieren dejarse pisotear por unos galones que, en el mismo momento que ejercen prácticas machistas, deberían perder todo su valor y autoridad.

La sociedad debe apoyar y sentirse protegida por la Guardia Civil. Sin embargo, mientras no se depure el cuerpo con la ayuda inestimable, precisamente, de quienes lo componen, no sucederá tal cosa. Ojalá eso cambie pronto, aunque la lista de mujeres víctimas del cuerpo ya sea demasiado extensa.