Opinion · Posos de anarquía

Lista de verdades para Gil Tamayo

El secretario general de la Conferencia Episcopal Española, José María Gil Tamayo, es cínico, hipócrita y ruin. Sorprende que no se ahogue atragantado por su propia vileza que, a buen seguro, le llevará a quemarse en los infiernos que tanto cuidado ha tenido la Iglesia Católica de inventar. ¿Nos acusa de callar? Tranquilo, cura, que te vas a hartar de escuchar verdades.

En cierto modo y aunque me indignen las palabras de este tipo, he de admitir que también me alegro, porque demuestra una vez más la calaña de quienes llevan las riendas de la Iglesia Católica. Tratar de salpicar a la sociedad entera acusándola de tener la misma “inacción” que la Iglesia es propio de un ser indeseable, repugnante y nauseabundo. “Compartíamos esa cultura y ahora nos percatamos de que ha sido un silencio cómplice”, dice Gil Tamayo, un sinvergüenza de tomo y lomo.

Que venga un cura, a estas alturas de la vida, y se atreva a decir que en los casos de pederastia eclesiástica ha existido “una dejación social igual que se ha convivido, desgraciadamente, con la violencia contra la mujer”, evidencia lo apropiado del color de su vestimenta, cual cuervo que se mueve tan cómodamente entre la carroña como con los objetos brillantes… Tiene narices que los curas, además, hablen de violencia contra la mujer cuando su institución lleva décadas ejerciéndola, discriminándola, tratándola como una inferior.

Como expliqué en un post anterior, el silencio durante muchos años de las víctimas de esos curas que metían mano a los menores, que les frotaban su polla consagrada y minutos antes tomar el cuerpo de Cristo se entregaban al sexo anal desgarrando a un pequeño no es cómplice, sino parte de la atrocidad de estos indeseables. No querer ver eso y, además, arrojar su mierda sobre el resto de la sociedad es, sencillamente, vomitivo.

Seguimos contando verdades, no sea que el cura después nos reproche que nos callamos algo: dice el cura que existe  una campaña “intencionalizada” para desacreditar a la Iglesia. No es necesario: la Iglesia como institución hace mucho tiempo que está desacreditada; ¿por qué vamos a hacer un trabajo del que tan bien se encargan ellos? ¿No ven que cada año recaudan menos, sus seminarios están más vacíos y el último CIS habla de casi un 70% de español@s católic@s y ni siquiera un 14% va a misa los domingos?

Para finalizar, en su cacareo, Gil Tamayo también reserva un espacio a las penas, indicando que las de la Iglesia son más duras que las del Estado, como si desde el Vaticano no se hubiera tenido mano en ese Estado… y, con todo, el Estado no manda a retiros dorados de monasterios a quien ha violado a menores.

Como he referido en otras ocasiones con los Guardias Civiles o la Policía Nacional, me resisto a creer que no haya en las filas de la Iglesia personas decentes, con las que nunca compartiré sus creencias religiosas, pero de las que creo que sí son decentes. El problema surge cuando ahora callan, cuando Gil Tamayo dice esta serie de barbaridades que le retratan sentado en el pesebre de la inmundicia eclesiástica. Que se desmarquen, que declaraciones como las de este impresentable se ganen las críticas de la comunidad católica porque, si de veras siguen sus textos ‘sagrados’, no dudarían en señalarlo como el ser malvado y perverso que es.

Podría continuar con la lista de verdades, pero dudo mucho que la sesera de Gil Tamayo dé para mucho más; no porque el tipo no fuera inteligente, sino porque tiene la azotea rebosante de bazofia, atenuando su hedor con ambientador bíblico. Ya sólo engaña a quien quiere dejarse engañar pero, en lo que a mí (y quiero pensar que muchas otras personas) respecta, su inmundicia moral me salpica tan poco como sus rezos y oraciones a un dios al que no hay día que su institución no traicione.