Opinion · Posos de anarquía

Migración: entre la hipocresía y la mezquindad

Cárcel de Archidona (Málaga) utilizada durante meses como CIE.

Entre hoy y mañana tiene lugar en Marruecos un encuentro internacional inédito en la historia: la cumbre de Marrakech donde se adoptará el Pacto Global sobre Migración contará con la presencia de dos tercios de países miembros de la ONU. 183 países, entre ellos España, van a firmar un tratado no vinculante para abordar la cuestión de la migración desde un punto de vista eficaz y humanitario, que se resume en el propio enunciado del secretario general de la ONU “conseguir que la migración funcione para todos”.

Como era de esperar, algunos países (casi una decena) se han descolgado de la firma de esta tratado, como es el caso de EEUU, Hungría, Italia o Australia, entre otros; y ello a pesar de que el conjunto de 23 puntos que se aprobará es tan genérico, tan ambiguo en algunas cuestiones, que a ningún Estado firmante le costará saltárselo a la torera sin el menor aspaviento.

Este artículo no es un ataque o un menosprecio a la cumbre de Marrakech, sino una advertencia, una alud de alarma para que los 18 meses de negociaciones que hay detrás del documento final no queden en papel mojado, como suele ser costumbre.

En 2012, durante mi corresponsalía en Londres, tuve ocasión de asistir a la Conferencia de Somalia. Entonces, Hillary Clinton como secretaria de Estado de EEUU con Obama y David Cameron como premier británico lideraron a medio centenar de países y organizaciones con objeto de coordinar esfuerzos para mejorar la vida de la población, crear empleos, contar con medicamentos y luchar contra la piratería de Somalia.

Como en Marrakech, se elaboró un pomposo documento de declaración de intenciones y se comprometieron partidas económicas que, en realidad, eran calderilla para los países donantes… pero limpiaron sus conciencias. La realidad desde 2012 ha roto en mil pedazos el acuerdo alcanzado en la Conferencia de Somalia: mientras la Unión Europea (UE) y la OTAN articulaban la Operación Atalanta para acabar con la piratería que amenazaba sus buques mercantes, la hambruna en Somalia acababa con la vida de más de 260.000 personas.

Seis años después de la Conferencia de Somalia, éste continúa siendo un Estado fallido que poco o nada importa a Occidente. En octubre del año pasado, los titulares informaban fugazmente de cómo el país había sufrido el peor atentado de su historia con más de 300 muertos. Dos meses después, Somalia superaba su propio récord y en un nuevo recuento las personas asesinadas en aquella masacre alcanzaban las 512 víctimas, siendo el mayor atentado de la historia después del 11-S. Al carajo la Conferencia de Somalia… y al carajo con quienes todavía creen -entre ellos la creciente y mezquina extremaderecha y su panda aborregada- que las personas migrantes llegan a nuestras costas por capricho. En el propio y polémico Aquarius, buena parte de l@s migrantes procedían de Somalia.

En este escenario, Marrakech ha de ser algo más que un lavado de conciencia. Se ha de escuchar más a las ONG que están sobre el terreno, tanto acogiendo como trabajando en los países emisores para paliar -en su mano no está resolver- la situación que los expulsa. En 2012 en Londres no se atendió a organizaciones como Oxfam y ya hemos visto los resultados.

En plena celebración del 70 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos y aunque incluso dentro de nuestras propias fronteras se vulnere cada día, los 183 países reunidos en Marruecos han de ser más conscientes que nunca que sin cooperación y solidaridad no será posible dar una solución humanitaria a esta cuestión. Una solidaridad que no sólo ha de darse hacia los países emisores de migrantes, que en la mayoría de los casos sufren de unas condiciones que Occidente ha propiciado (por guerras, sobreexplotación multinacional, neocolonialismo…), sino también entre los receptores para afrontar la situación de manera conjunta.

Si la cumbre de Marrakech vuelve a quedar en papel mojado o, incluso, en un acuerdo de mínimos que no garantiza absolutamente nada que no sea que cada país siga haciendo y deshaciendo a su antojo (con devoluciones en caliente ilegales según el Derecho Internacional, como hace España), será un fracaso. Tan sólo habrá servido para que un grupo de mandamases apunten en su lista otra tanda de banquetes con dinero público.