Opinion · Posos de anarquía

La bestia de y contra los depredadores sexuales

Las primeras de casi todos los medios de comunicación vienen encabezadas por sondeos de unas elecciones generales cada vez más inminentes, por las negociaciones del PP con Vox para tenderle la alfombra roja que el electorado andaluz ha tejido o el consejo de ministros del próximo viernes en Catalunya. Sin embargo, la noticia de que cada tres horas se denuncia una agresión sexual a un o una menor me ha sobrecogido.

No me cabe en la cabeza, sencillamente, no me cabe. Me resulta del todo incomprensible qué placer sexual puede provocar abusar de un niño o una niña, quebrar su inocencia, grabar a fuego en su interior un trauma que de un modo u otro pasará factura, a veces a gritos y otras de un modo mucho más silencioso. Si jamás entendí cómo alguien puede, no ya golpear (física o psicológicamente), sino faltar al respeto o ningunear a la persona que ama como pareja, más aún me descoloca maltratar así a l@s más pequeñ@s.

Uno busca explicación en la enfermedad, en personas que padecen algún tipo de trastorno que les lleva a tener esa conducta. Sin embargo, la bestia que, al menos yo, llevo dentro descarta eso en muchas ocasiones y no dudo de mi reacción si presenciara o tuviera conocimiento en mi entorno de uno de esos abusos que se denuncian cada tres horas. No siempre hay un trastorno detrás; muchas veces, la explicación más sencilla es la correcta: son unos indeseables que cosifican a las personas a su conveniencia.

Como siempre he hecho desde estas líneas -apaciguando a esa misma bestia-, apuesto por la educación, por no sólo educar a l@s más pequeñ@s a defenderse, a ser caut@s ante este tipo de depredadores sexuales, sino también a no convertirse en un@s de ell@s. Es fundamental enseñar ese respeto, esa educación emocional, ese amor hacia otra persona y, por supuesto, ese amor propio para que jamás nos cosifiquen y mucho menos seamos nosotr@s quienes cosifiquemos.

Recientemente, la campaña #Cuéntalo promovida por mi querida Cristina Fallarás ha triunfado en redes sociales con el testimonio de cientos de miles de mujeres compartiendo cómo fueron víctimas de abusos, acosos y violaciones. Continúo echando en falta la implicación de los agresores, de esos depredadores sexuales, tan gallitos en el momento de consumar el delito y tan cobardes a la hora de salir a la luz. Si ellos nos salen, habrá que sacarlos de sus agujeros, aportar en cada una de esas denuncias del pasado en redes sociales datos suficientes para que, sin exponerse a un querella por parte de estos indeseables, todo su entorno sepa a quién se refiere la denuncia. Esa vergüenza, ese arrinconamiento que merecen es lo menos que merecen y lo más… agradezcan que esa bestia que ellos no calman, nosotros sí.