Opinión · Posos de anarquía

El pucherazo liberal

La expresidenta de las Cortes de Castilla y León, que ha abandonado el PP, Sílvia Clemente. – EFE

Ciudadanos vuelve a saltar a las primeras planas por su funcionamiento interno. En esta ocasión, le ha tocado a Valladolid y su proceso de primarias, que se ha saldado con mas votos que votantes. ¿Pucherazo? No piensen mal, será democracia liberal.

Hace falta ser muy torpe para cometer un pucherazo y terminar contando más votos para l@s candidat@s que los que realmente han sido emitidos; 81 votos de diferencia, nada menos. La elección de Silvia Clemente huele muy mal. Lo peor no es que las sospechas de fraude se disparen en torno a la candidata del aparato, la tránsfuga del PP; lo peor es que los dedazos y las primarias descafeinadas en Ciudadanos se han convertido en una práctica habitual desde hace años.

Cuando Albert Rivera saltó a la escena nacional en la anterior legislatura, no dudó en armar un partido político a contrarreloj con líderes de todo pelaje: Ya en su día Público lo denunció: la lista de imputados, tránsfugas, falangistas, xenófobos… se agolpaban en la casa naranja. Aquello no podía terminar bien, aunque el ascenso en los resultados electorales es cierto que no se puede cuestionar. ¿Qué ha pasado internamente? Que si pusiéramos en fila a todos los cargos electos de Ciudadanos dimitidos, a las personas expulsadas por díscolas, a quienes han denunciando prácticas irregulares en el seno del partido, con luchas de poder y dosis de autoritarismo a partes iguales… igual Rivera tenía otra foto de Colón.

Pareciera que Ciudadanos ha conseguido encandilar a buena parte del electorado y, previamente, a personas que quisieron ir más allá y contribuir activamente al proyecto, que posteriormente se topan con la realidad interna. Y ese funcionamiento de puertas para adentro, que de un tiempo para acá comienza a vislumbrarse en el exterior, es el que lleva a una hemorragia de afiliad@s sobre la que se aplica el torniquete de nuev@s que se arriman al sol que más calienta.

La gran pregunta es: ¿confiaría el Gobierno de España a un partido en el que ni siquiera se pueden llevar con normalidad unas elecciones con apenas un censo de 1.000 personas?