Opinión · Posos de anarquía

Genocidio indígena: de la América del siglo XVI al Chiapas del siglo XX

Felipe VI y el presidente mexicano López Obrador junto a su esposa Beatriz Gutiérrez en México. / EFE

La carta del presidente de México Andrés Manuel López Obrador al Borbón no ha caído muy bien. En ella instaba a reconocer las barbaridades que cometieron los conquistadores españoles y a pedir disculpas por ello. Negar el genocidio que España cometió en América es desconocer la Historia. La solicitud de López Obrador y las reacciones que genera volverá a desenmascarar la cantidad de botarates que pasan por la Historia, pero a los que la Historia ni roza.

¿Señalar la masacre que cometió España en América resta mérito al descubrimiento? No. Sencillamente evidencia que se cometieron asesinatos, abusos, violaciones y, como conquista que era, apropiaciones indebidas de pueblos que vivían en paz hasta la llegada de los evangelizadores. No olvidemos, este también es un punto importante, que buena parte de los atropellos cometidos se realizaron en nombre de Dios, de la Iglesia católica.

La sesera se le nubla a esa panda de patriotas que no encajan que la Historia de nuestro país está repleta tanto de méritos como de despropósitos. Entre éstos últimos, la expulsión de los judíos a manos de los Reyes Católicos y cómo torturaron hasta la extenuación a un pueblo perfectamente integrado supuso una gran pérdida, un retroceso en nuestro avance. De eso, claro está, las mentes retrógradas que pueblan esta España actual no se arrepentirán, porque de sus discursos se desprende que la autocrítica no forma parte de su vocabulario.

El escándalo generado por la carta de López Obrador es absurdo; como lo es también llamarlo “desafío diplomático”. Una país como el nuestro, en el que se reclama la memoria histórica, debería entender con mayor claridad que el genocidio cometido por España en América sigue muy presente allí, especialmente porque para buena parte de su ciudadanía es el comienzo de su Historia. Del mismo modo, López Obrador debería entonar el mea culpa por cómo el propio Gobierno mexicano se ha comportado con la población indígena de su país, cómo se ha reprimido a quienes reclamaban su libertad en Chiapas. Ojalá la honestidad y la autocrítica fueran ingredientes indispensables para cualquier estadista, en lugar de meros aderezos prescindibles.