Opinion · Posos de anarquía

Torrente Serrano

Francisco Serrano es lo que es. El líder de Vox en Andalucía no sorprendió con sus declaraciones tras el juicio a La Manada porque ese sentir es lo que le llevó directamente al Parlamento andaluz y lo que ha extendido después la presencia de la extrema-derecha a otras instituciones españolas. Por mucho que ahora Vox lo desautorice y él,  con el rabo entre las piernas, muestre su cobardía borrando el comentario en el que, según apunta, «me he limitado a hacer crítica de una sentencia» su imagen no cambia y le revuelve las entrañas a cualquier persona defensora de los Derechos Humanos más esenciales.

Cuando alguien escribe «desde ahora, la diferencia entre tener sexo gratis y pagando, es que gratis puede salir más caro«, no puede esperar después que nadie siquiera lo tenga en consideración cuando califica a La Manada de «machistas». Del mismo modo que siempre he reiterado que el feminismo no tiene grados (en referencia a quienes hablan de «moderado» y «radical») porque se es o no se es, con el machismo sucede lo mismo. Y Serrano, decididamente, lo es.

De las palabras que Serrano ha borrado se desprende que tenemos ante nosotros el perfecto retrato del putero español. Ese personaje deleznable que por 30 euros se cree con derecho para realizar las fantasías sexuales que ninguna  otra mujer, de manera voluntaria, tendría estómago de hacer realidad con él. Ese hombre que extiende la cosificación de la mujer al resto de las facetas de la vida, tutelándola en las decisiones importantes, ninguneándola en las menores. Un indeseable.

¿Saben qué es lo peor de personas como Serrano? Que después de desparramar toda su inmundicia moral sobre nosotras y nosotros, intentan mostrarse como víctimas. Ya no cuela, no al menos con quienes no compartimos su bajeza moral. Cosa bien distinto pasa, por ejemplo, con Ciudadanos, cuyos líderes deben andar más ocupad@s falsificando gráficos  de pactos en ayuntamientos para sus redes sociales que condenando las palabras de Serrano… o quizás es que lo han condenado sin condenar, como pactan si pactar con la extrema-derecha.

En su disculpa -que no es disculpa-, el juez prevaricador victimizado habla de «la dictadura de lo políticamente correcto». Se equivoca una vez más e identifica la defensa de los DDHH con eso que llama «la dictadura de lo políticamente correcto». Sí acierta con reivindicar «el derecho a poder criticar y manifestar la expresión de pensamiento»: él lo ha hecho y se ha retratado como lo que es, ganándose a partir de ahora el sobrenombre de Torrente Serrano.