Opinion · Posos de anarquía

Sembradores de odio

Decenas de personas oran este sábado, en la línea fronteriza de Ciudad Juárez (México), tras el tiroteo en un centro comercial de El Paso. EFE/ Rey Jauregui

Los tiroteos de esta fin de semana en Dayton (Ohio) y, especialmente, en El Paso (Texas) llevan el sello ideológico de Donald Trump. Eso es algo que no admitirá el presidente estadounidense, pues sería echarse a la espalda casi una treintena de personas asesinadas y más de cuarenta heridas. Sin embargo, la realidad es que, como le reprochan desde el bando demócrata y en redes sociales, estos asesinatos están estrechamente ligados a los mensajes de odio que llevaron a Trump a la Casa Blanca.

Lo peligroso de sembradores de odio como Trump no es que generen o conviertan a cabezas huecas en seres violentos -la mayor parte de ellos ya lo eran-, sino que los normalizan. Lo verdaderamente inquietante es que discursos como el del republicano abren la puerta a que cualquier pueda decir o hacer en público cualquier barbaridad contra las mujeres, las personas migrantes o el colectivo LGTBI.

En algunos casos, como ha sucedido en El Paso, se da un giro más de tuerca y se pasa a la acción violenta, asesinando al tiempo que se replican los mismos argumentos que Trump esgrimió tanto en su campaña electoral como ya al frente del gobierno. Trump no sólo siembra campos que ya tenían esas semillas de odio irracional, sino que lo abona y lo riega, terminando por brotar indeseales frutos como este fin de semana.

En EEUU se da, por un lado, el agravante de la extraordinaria facilidad que existe para conseguir armas de gran calibre y, por otro, una cultura de exaltación a ellas que, afortunadamente, cada vez está más en retroceso. Algo muy diferente de lo que sucede en lugares como Nueva Zelanda: si en EEUU, tras tiroteos similares en el pasado se producía un incremento en la compra de armas, en nuestras antípodas se produjo una devolución masiva tras el atentado de Christchurch.

Lo sucedido en EEUU debe encender todas las alarmas en Europa -para quien no las tuviera ya-, en España. Aquí también tenemos partidos políticos que siembran el odio (Vox) y otros que recogen ese testigo, lo normalizan y lo amplifican (PP y Cs). Cómo sucede al otro lado del Charco, en nuestro país había un poso de personas que ya comulgaban con ese ideario y ahora ven cómo es posible visibilizarlo y atraer a él a las más jóvenes. Es preciso recuperar al atmósfera reinante previamente, esa que quienes defienden las libertades civiles había ido creando durante años propiciando una capa de ozono que aislaba esa radiación tan dañina de la extremaderecha. Es preciso arrinconar de nuevo a quienes hacen gala del odio, hasta que su número sea tan reducido que ni afloren, presos de su vergüenza, de saberse ninguneados por una sociedad libre.