Opinion · Posos de anarquía

¡Pechos fuera en las piscinas!

Quienes ya peinamos canas mantenemos en nuestro imaginario a Afrodita A gritando «¡Pechos fuera!» en la popular serie de dibujos animados Mazinger Z. Aunque en realidad nunca gritó tal cosa (inconscientemente hemos mezclado el «Puños fuera» con «Fuego de pecho»), sirva la expresión para reivindicar el derecho de cualquier mujer a hacer descubrir sus pechos en cualquier piscina. Negar tal derecho es hacer gala de una mente obtusa.

Ni siquiera es algo que debiera consultarse a las mujeres, como hicieron en L’Ametlla del Vallès, dado que no se trata de una obligación sino de un derecho, es decir, que quien quiera lo pone en práctica y quien no quiera, no. Cualquier mujer que desee descubrir sus pechos en la piscina lo debería poder hacer en total libertad, del mismo modo que se hace en una playa. ¿Cuál es la diferencia?

Se lo diré yo, ninguna. Como tampoco debiera existir una diferencia entre los pechos de una mujer y los de un hombre. Sin embargo, los pechos de la mujer se han sexualizado de tal modo que se miran con diferente rasero, tendiendo a ocultarlos. Tal es la asociación que se ha hecho con el decoro que colectivos feministas como Femen descubren sus pechos como actos de protesta.

¿El problema es el volumen? Definitivamente, sí y, de hecho, no comienza a estar mal visto el toples hasta que las tetas crecen. Mientras su pecho guarda la misma apariencia que las tetas masculinas, no hay problema, pero en cuanto cobran volumen, parece imperativo taparlos. Así que sí, el problema es el volumen, pero sólo en las mujeres. Prueba de ello es que, en ocasiones y por razón de sobrepeso, es posible ver pasear por las piscinas a hombres que tienen más volumen de tetas que muchas mujeres y a ninguno de ellos se les reprocha tal desnudez.

Es preciso que comencemos a sacudirnos ese puritanismo rancio sobre nuestros propios cuerpos; un puritanismo con tintes machistas que afecta tanto a hombres y mujeres, como prueba que en la consulta de L’Ametlla del Vallès un 30% de ellas no estuviera de acuerdo con hacer toples en la piscina. Son pechos, nada más, y deberíamos asumirlos con tal naturalidad que del mismo modo que los hombres corren a pecho descubierto por los paseos marítimos deberían poder hacerlo las mujeres.

Cosa bien distinta es que si se generalizara la igualdad que pretenden las piscinas en Barcelona, las mujeres no estuvieran cómodas por miradas recriminatorias o, lo que todavía es peor, por mirones y comentarios soeces que no vienen a cuento. De nuevo, el problema es de los hombres, porque ante la misma imagen de unos pechos descubiertos, una lesbiana ni incomoda con sus miradas lujuriosas y mucho menos siente la necesidad de babear piropos de dudoso agrado.

Esta circunstancia es la que, incluso con el derecho reconocido a hacer toples en la piscina, puede frenar a las mujeres a practicarlo, del mismo modo que muchas de ellas no se sienten cómodas haciéndolo en playas frecuentadas por personas con las que se relaciona en el día a día (en un pueblo costero, por ejemplo).

La desnudez no se vive de una manera natural y, en eso, la herencia del catolicismo represor tiene mucho que ver. Hoy reinvindicamos que las mujeres puedan disfrutar de las piscinas con sus pechos descubiertos, pero lo más natural debería ser que tanto hombres como mujeres pudieran hacerlo completamente desnud@s, que en un mismo espacio convivieran ‘nudistas’ y ‘textiles’ sin que nadie importunara a nadie. Mucho me temo que estamos lejos de alcanzar ese punto, quedando recluid@s quienes disfrutan de su propia desnudez a espacios limitados, apartad@s, como si estuvieran haciendo algo malo cuando, quienes en realidad van contra natura son quienes ocultan sus cuerpos.