Opinion · Posos de anarquía

Díaz Ayuso, la terraplanista

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en una rueda de prensa. / EFE

Las últimas declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, vuelven a constatar que cualquiera puede llegar lejos en política. Asegurar sin despeinarse que «nadie ha muerto por la contaminación» supone una gravísima irresponsabilidad, reflejo de una actitud negacionista a la altura de la estupidez de quienes todavía a día de hoy defienden que la Tierra es plana.

Mientras en Barcelona arrancan las restricciones a la circulación de vehículos con la puesta en marcha de la zona de bajas emisiones, en Madrid su presidenta miente a la ciudadanía. El tándem de Martínez Almeida-Díaz Ayuso se ha convertido en ejemplo del negacionismo medio ambiental, en un exponente de la mentira que se da de bruces con la comunidad científica. Miles de personas mueren cada año en España por culpa de la contaminación y negarlo, sencillamente, es promover y ser cómplice de esas muertes.

Aunque es cierto que cada vez un mayor parte de la opinión pública se rebela contra necedades como las de la presidenta de la Comunidad de Madrid, sorprende que aún existan personas que compren ese discurso, que, a pesar de las evidencias médicas, nieguen los efectos perniciosos de las emisiones de los vehículos. Son esas personas las que dan alas a gobernantes tan irresponsables como los populares, con un Martínez Almeida interpretando un papelón durante la Cumbre del Clima (COP25) al defender Madrid Central mientras sus políticas lo revierten. 

No ha llovido tanto desde la anécdota del primo de Mariano Rajoy. Los 13 años que nos separan de aquella otra necedad son apenas minutos en el cerebro de Díaz Ayuso, capaz de cuestionar -y negar- los datos objetivos que avalan la comunidad científica. Mientras ella misma inhala los gases que, quizás, un día consuman sus propios pulmones, defiende el banquete de malos humos a que son sometidos l@s madrileñ@s cada día. Lo paradójico de todo es que si algún día la presidenta pasará a engrosar las cifras de personas enfermas con trastornos respiratorios, la misma comunidad científica a la que hoy escupe en la cara correría en su ayuda, a pesar de que lo más tentador sería no tratarla y confiar su mejoría a las oraciones a la Virgen María.