Opinion · Posos de anarquía

Despertares

Un día después de la investidura, qué diferentes habrán sido algunos despertares. En función de la posición que se ocupe en el Congreso de los Diputados y la Diputadas y del papel que se jugará en esta legislatura, la toma con la realidad habrá sido hoy muy dispar: ilusionante y alegre para quienes tienen la esperanza de mejorar el país, con amargo saber a hiel para quienes usan una talla menos de traje de lo que debieran y guardan la Smith & Wesson en la mesilla de noche.

No pueden ser más diferentes los despertares de Pedro Sánchez (PSOE) y Pablo Iglesias (UP) frente a los de Pablo Casado (PP) y Santiago Abascal (Vox). Imaginar esas cuatro escenas como si partiéramos la pantalla de nuestra mente nos revela sentimientos absolutamente enfrentados. Mientras los primeros arrancarán el día con empuje, con esa motivación que le lleva a uno a saber que pese a caminar al borde del precipio está ascendiendo a la cima; los segundos, abatidos, ridiculizados, amanecerán con tortícolis fruto de tener que mirar hacia arriba para ver a quienes les han pasado por encima pese a sus continuos intentos de evitarlo.

Pedro Sánchez vuelve a hacer valer su Manual de resistencia, al lado de la lamparita de noche junto a un bote de vaselina para Emiliano García-Page. Aún con sus altibajos, la historia del socialista es la de la convicción, la de una fortaleza mental capaz de llevarle del cielo al infierno y viceversa, de remar a contracorriente. El riesgo, sin duda, es la autocomplacencia… y que, por mucha capacidad que tenga de enderezar el rumbo cuando va a la deriva, si en esta ocasion yerra, nos arrastrará a tod@s a las profundidades donde aguarda el kraken de la derecha.

Pablo Iglesias, por su parte, habrá despertado con los ojos aún húmedos. Casi una década después del 15-M, culminó su asalto al cielo. Por el camino han quedado toda suerte de decapitaciones, broncas y un hiperliderazgo más que cuestionado, pero en última instancia, ahí está, Unidas Podemos (UP) en el gobierno con la sana ambición de reestablecer derechos y libertades, de avanzar en una justicia social que tanto escuece a la derecha. Despertar con ese deseo, con esas ganas de trabajar y, sobre todo, con la imagen y nombres propios de personas a las que se abrirá las puertas de la salida de la miseria a buen seguro que es una bonita manera de desperezarse.

Por el contrario, Pablo Casado habrá despertado con la sensación de resaca de una mala borrachera, de esas que no festejan, de las que buscan olvidar. Tener sobre los hombros el dudoso honor de liderar las mayores derrotas del PP no es plato de buen gusto; saberse cuestionado, acusado de marioneta en manos de Aznar y cuyas maniobras para impedir el triunfo del gobierno de coalición se han pegado un batacazo de órdago hacen del despertar del popular una agonía que atrapa entre sábanas. Todo ello sembrado de pánico, el que se genera por la posibilidad de que las políticas sociales de PSOE-UP calen y él sea aplastado por el pulgar del Ibex-35.

Ni siquiera pensar «por España» conseguirá que Santiago Abascal quiera plantar el pie en el suelo, con la angustia de haber sufrido una pesadilla. Humillado en diez segundos por un locuaz Aitor Esteban (PNV) y apaleado dialécticamente por una aguda Adriana Lastra (PSOE), el líder de la extrema-derecha habrá abierto los ojos con la boca pastosa y la garganta irritada, pero no de tanto gritar «¡Viva España!», sino de tanta bilis que ha tenido que tragar. Con un frasco de antiácido junto a su Smith & Wesson, a Abascal le costará echar a andar consciente de que el discurso de Oskar Matute (EH Bildu) fue más democrático que cualquiera de las falsedades escupidas por el que chupó del bote del chiringuito de Esperanza Aguirre (como le recordó Joan Baldoví).

¿Y qué ha sido de Inés Arrimadas? ¿Cómo habrá despertado? La sucesora de Albert Rivera en Ciudadanos, quizás, ni habrá dormido, con esa opresión en el pecho que produce haber vuelto a constatar que su voz es la que se pierde en una reunión multitudinaria, la que no se atiende, la que resulta irrelevante por no aportar nada.