Posos de anarquía

Quienes más rechazan la renta mínima son quienes más tienen

A pocas semanas de que las personas que lo precisan se beneficien del Ingreso Mínimo Vital (IMV) aumenta la polémica y el ruido de fondo. No deja de ser curioso que el grueso de las voces que rechazan, incluso menosprecian, esta renta mínima procede de sectores acomodados que están muy lejos de la misera que sufren quienes necesitan el IMV. No hay peor virus que la insolidaridad: ese se ha llevado por delante más vidas en España de lo que ha hecho el COVID-19.

Opinar sin conocimiento de causa es una temeridad. Hacerlo ostentando cargo público, sencillamente, intolerable porque evidencia una ineptitud supina. Quienes lo hacen, por muchos exabruptos que empleen para hacerlo como Marcos de Quinto, sólo engañan a quien se quiere dejar engañar o, por extensión, quienes comparten idéntica mezquindad.

Simplificar el IMV, como hacen PP y Vox, llamándolo "paguita" evidencia cuán alejados de la realidad se encuentran. Legislar o pretender hacerlo desde alguno de sus caros inmuebles o en alguna  de sus monterías con rifles de mira telescópica es un insulto para cualquier democracia seria que se precie. A estas alturas de la película, esta clase política, el empresariado que influye en ella y la hinchada aborregada que la secunda continúan sin ser conscientes de que con 200 euros al mes es imposible mantener a una familia. Quizás sí son conscientes, pero viven tan cómodamente, precisamente, porque otras personas no lo hacen.

Este mal endémico que inoculó hace décadas el neoliberalismo y ante el cual, afortunadamente, somos muchas personas las que hemos generado anticuerpos, se extiende a buena parte de la sociedad. Se puede comprobar cada día en redes sociales, en las que no resulta complicado ver que las mismas personas que callan antes los paraísos fiscales, las amnistías fiscales o la elusión de impuestos por parte las multinacionales son las que arremeten contra el IMV.

Son personas que viven de manera muy acomodada, con la vida solucionada... hasta que llega una desgracia imprevista como el COVID-19. Son muchas las familias que se las prometían muy felices antes de esta pandemia y, de la noche a la mañana, se han visto arruinadas, acudiendo a bancos de alimentos... quizás accediendo en breve a un IMV contra el que habrían arremetido en su situación original. El coronavirus no sólo ha bajado su nivel de vida, sino que les ha mostrado cómo es la vida en realidad.

Enfrente de esta clase acomodada que desprecia la renta mínima se encuentran quienes menos tienen pero que, sin embargo, cuentan con lo suficiente para no precisar ese IMV. Estas personas, siempre con los pies pegados al suelo, son quienes defienden la renta mínima. Ha sucedido toda la vida: la máxima de quienes menos tienen son l@s que más dan siempre se cumple. En esta ocasión, también.

Desgraciadamente, mi experiencia vital me dice que la mayor empatía que se puede esperar de quienes más tienen con quienes poseen menos es la beneficiencia, entendida ésta como la entrega de bienes desde una posición de superioridad. El IMV hace saltar por los aires esa relación de poder y, quizás, eso es lo que irrita a sus detractores y detractoras.