Posos de anarquía

El teletrabajo con un empresario cateto

Las negociaciones entre gobierno, empresariado y sindicatos para regular el teletrabajo están siendo más duras de lo que cabría esperar. Entre los motivos para que se encallen las conversaciones destacan esa patronal tosca, avariciosa y desconfiada que asume que sus trabajadores y trabajadoras son de su misma calaña, a pesar de que son quienes le han salvado el culo durante esta pandemia y no a la inversa.

Existe una parte del empresariado que, pese a sus trajes caros, sus eventos con la mal llamada 'alta sociedad' y su relación de títulos académicos a golpe de talonario no son muy distintos del prototipo de cacique que no ve más allá de sus narices. Se trata de esa patronal que a la mínima de cambio hace gala de esa visión cortoplacista y de la coacción, con la amenaza de "o me das lo que quiero o despido" encabezando su lista de bravuconadas.

En mitad del azote de la pandemia hemos podido comprobar la tosquedad de la patronal, tan dada a pedir arrimar el hombro recortando los sueldos en época de vacas flacas, pero nunca aumentándolos o instaruando una paga de beneficios cuando la economía está boyante. La regulación es otro buen ejemplo de cuán cateto es este empresariado, refiriéndome por "cateto" más a su condición de palurdo que a la de rústico (pues pese a la RAE, lo segundo no implica lo primero).

Uno de los últimos escollos de las negociaciones se concreta en que la patronal se niega a considerar teletrabajo y, por tanto, que se aplique la nueva regulación, cuando éste represente un 20% de la jornada laboral, es decir, uno de los cinco días laborales a la semana. Según exponen los empresarios -y en este punto ni siquiera aplico el lenguaje inclusivo por la insultante desigualdad en los puestos de liderazgo empresarial- quieren evitar que el día escogido para el teletrabajo sea el viernes y lo que en realidad se pretenda sea alargar el fin de semana.

¿Por qué esta desconfianza hacia a las personas que, precisamente, han salvado a las empresas? España está muy por detrás del resto de Europa en lo que a teletrabajo se refiere, lo que inevitablemente repercute en que nuestro crecimiento vegetativo ya sea negativo por lo complicado de la conciliación. El motivo no es otro que es la asunción por parte del empresariado de que quien teletrabaja anda en pijama por casa viendo series en el televisor. Pareciera que hubiera que calentar la silla en la oficina para contentar ese complejo de señorito que tienen muchos empresarios.

La realidad es bien distinta y el COVID-19 nos lo ha demostrado. Si de alguien hay que desconfiar es, precisamente, de los empresarios, que nos han estafado 14.000 millones de euros durante el confinamiento. Según datos de la Encuestra de Población Activa (EPA), l@s asalariad@s españoles llegaron a trabajar gratis 3.798.700 horas semanales (49,38 millones de abril a junio) de más, sin recibir a cambio ninguna remuneración. El compromiso de los trabajadores y trabajadoras con sus empresas fue mucho mayor que el de éstas con ell@s, puesto que no se abonaron los millones de horas extras teletrabajadas.

En realidad, tenemos más motivos para desconfiar del empresariado que éste de nosotr@s y sorprende que este tipo de elementos no se pongan encima de la mesa a la hora de negociar regulaciones como la del teletrabajo. Visto lo visto durante el confinamiento, dar por hecho que l@s trabajador@s se 'escaquearán' del trabajo los viernes por el hecho de teletrabajar nos remite al refranero español: cree el ladrón que todos son de su condición. Y no es así.