Posos de anarquía

Y todavía se preguntan por qué no gusta la política

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i) saluda al líder del PP, Pablo Casado (d) a su llegada al Palacio de La Moncloa. EFE/Fernando Villar/POOL

La política aburre, irrita, indigna, genera rechazo. Es un error porque sin política no avanzamos, porque lo que realmente genera esta sensación de hastío, incluso, de repulsa, es la clase política que tenemos en nuestro país. Estos individuos e individuas que viven de lo público son quienes han convertido la política en un teatro, en una continua escenografía de hipocresía e impostura en la que se hace una décima parte de lo que se dice y, por lo general, de manera deficiente. A las negociaciones de unos presupuestos que ni conocemos me remito.

El último acto de este sainete de mal gusto que nos regala nuestra clase política es la negociación de los presupuestos generales. Hace tiempo que la perplejidad quedó desterrada junto al estupor y es con repugnancia como asistimos al lamentable espectáculo que están protagonizando los diversos partidos políticos. Sin que ni siquiera se hayan puesto encima de la mesa las cuentas, vemos a Podemos negar apoyar unas cuentas en las que participe Ciudadanos, a un PP hacer lo mismo con Podemos, ERC y EH-Bildu y a un Ciudadanos retomar su espíritu veleta y tan pronto tender un cordón sanitario con Podemos como estar dispuesto a pasar por el aro. Repito, todo ello sin que ni siquiera tengan conocimiento de una sola cifra.

El hecho en sí ya es suficientemente grave, pero si además recordamos el mareo a que nos sometieron con la Comisión de la Reconstrucción, uno se pregunta por qué cuanto más inútil se es más se prospera en política. Miren si no a Díaz Ayuso, cuya ineptitud la incapacita, incluso, para colocar publicidad en los parabrisas de los coches... y ahí está, desgobernando la Comunidad Autónoma de la capital. ¿De qué sirvió realmente aquella comisión para cuya constitución ya precisaron varias semanas?

Se nos escapa el tiempo, el esfuerzo y el dinero en toda esta escenografía. La ciudadanía no quiere problemas, quiere soluciones y por eso vota a uno u otro partido. No queremos que se nos retransmita minuto y resultado de cualquier negociación, no valoramos el éxito de esas reuniones por el número de encuentros, llamadas teléfónicas o tuits incendiarios. Valoramos el resultado final, que una vez alcanzado podrá complementarse con el resumen del camino que se ha cubierto para llegar hasta él, pero basta de esta obra dantesca de infinidad de actos que no parece tener fin y, lo que es peor, dan pocos frutos.