Opinion · Punto de Fisión

El otro Piqué

Cuando he leído que Piqué echaba de menos los tiempos en que Aznar cambiaba cromos con Bush Jr. y Tony Blair en las Azores, lo primero que pensé fue: “Vamos a ver qué piensa Shakira de todo esto”. Luego resulta que no, que no se referían al vertiginoso central del Barça sino a un borroso ministro de exteriores, aquel señor elástico y blanquecino que decía a todo que sí y que parecía siempre recién salido de la panadería o de unos ejercicios espirituales.

Me suele pasar, la verdad, en parte por no fijarme mucho y en parte por esa manía que tienen tantos políticos españoles de usurpar el nombre de alguna estrella del deporte o del rock, tal vez para disimular, ya se sabe. Cuando me enteré de lo del trasplante capilar de Bono, me lamenté por los U2: quién podía pensar que el cantante había perdido tanto pelo como para necesitar un repaso frontal cuando en los últimos conciertos se desmelenaba que daba gloria verlo. También en las Baleares, en esa cochambre de corrupción indiscriminada denominada UM, hasta hace poco también había un Nadal que no tenía nada que ver con el héroe de Roland Garros. No sé si es zurdo o diestro pero fijo que no jugaba al tenis sino más bien al talonmano, esa variante deportiva que Urdangarín ha puesto de moda y que se juega en los despachos.

Dice el otro Piqué que entonces, cuando Aznar se hizo la célebre foto transatlántica, sí que éramos un país de verdad, no como ahora, que somos una ruina. El triunvirato de las Azores duró poco, eso sí, en cuanto los líderes anglosajones le quitaron la mano de encima: lo que tardó Blair en pedir un café y Bush Jr. una Coca-Cola, más o menos el tiempo que invirtió el emperador de Perejil en perder aquel acento tejano que se le pegó al plantar los zapatos de sheriff en la mesa presidencial y que no logró recobrar ni tomando lecciones de inglés del Oso Yogui. La decadencia de España se vislumbra en las diversas metamorfosis del bigote de Aznar, que antes brillaba como los tercios de Flandes y que se fue transparentando hasta emigrar a Flandes, es decir, a Bruselas.

Tras el largo eclipse psocialista, el PP va a sudar sangre para restituir aquella diplomacia de estado que se hacía con los pies. Nos están expropiando hasta la camisa, quizá porque en el extranjero aún no saben que al timón hay otra vez gente seria y capaz, de la de antes. Hasta tenemos problemas en Gibraltar cuando a Aznar le habría bastado con alzar el teléfono y marcar el prefijo de Londres para que nos devolvieran el Peñón junto a una caja de whisky; lo que pasa es que ni le dio la gana ni tuvo un momento libre entre foto y foto en sus ocho años de gloria. También es comprensible que ahí afuera no se hayan enterado todavía del cambio de gobierno porque a Rajoy, de momento, sólo lo han visto en Kiev pidiéndole una entrevista a Sara Carbonero y un autógrafo a Del Bosque.