Opinión · Punto de Fisión

La dieta Cospedal

Etiopía es uno de los países más saludables del mundo: no se ve ni un solo gordo por las calles. Con una dieta nula en grasas, hidratos, proteínas y en casi todo lo demás, Addis Abeba parece una extensión de la pasarela Cibeles gracias a una población estilizada cuya anatomía aspira al galgo e incluso a la libélula. Tengo yo una amiga que adoptó un chaval etíope que venía hecho un pincel y ha sido aterrizar en España y ponerse hasta arriba de patatas fritas. El niño ha cogido la fea costumbre de cenar todos los días y hasta se ha sacado un bono del Burger King, una licencia para inflarse de colesterol y michelines.

Que el hambre es salud aquí lo sabemos desde siempre, no hay más que leer a los clásicos: el Lazarillo, el Buscón, el Guzmán de Alfarache y el propio Cervantes, que escribió aquel consejo magistral (“Come poco y cena más poco”) que él cumplía a rajatabla, quizá porque no le quedaba más remedio. Picarescas aparte, el régimen definitivo de adelgazamiento fue el de Franco, aquel endocrino radical que, como cuenta César González Ruano, ni bebía ni fumaba ni follaba ni comía más que un poco de lechuga, como las tortugas, animal longevo con el que compartía el tono de voz y cierto aire de familia.

Cospedal quiere volver al régimen de Franco pero sin olvidar la alta cocina: el objetivo es que la gastronomía hospitalaria alcance una síntesis entre el Pardo y el Bulli. Por eso ha suprimido el agua mineral de las comidas, para que los enfermos no retengan líquidos y que puedan salir del hospital flacos y lánguidos, cimbreándose al estilo etíope, listos para que los contrate una firma de moda si el viento no se los lleva antes. Mientras la Generalitat ha suprimido las meriendas de la alimentación carcelaria, facilitando la huida entre rejas, Cospedal está pensando en contratar a Ferrán Adriá para que confeccione un menú bajo en calorías a base de espumas y nitrógeno líquido, ingrediente que no suele faltar en los quirófanos.

En el desmantelamiento general del sistema sanitario empezamos por los medicamentos caros, seguimos con los baratos y ahora le toca al agua embotellada. Suponemos que el próximo recorte será desmontar los grifos y lavabos y que los pacientes recojan agua de lluvia en una palangana, pero lo más probable es que derriben directamente los hospitales públicos y construyan en el solar un hotel o un casino, según, lo que deje más pasta. Los asesores económicos del PP calculan que la Sanidad no empezará a dar beneficios hasta que el número de muertos supere al de enfermos; mientras tanto, mientras haya supervivientes, no habrá manera humana de equilibrar gastos. El aeropuerto de Ciudad Real, obra de Barreda, podría reconvertirse en cementerio y nadie notaría la diferencia.

La Sanidad española está a punto de quebrar de éxito porque los moribundos no se mueren a buen ritmo pero también porque los médicos ya no distinguen entre ricos y pobres, con lo gordos que estamos todos.