Opinion · Punto de Fisión

Justicia para Rato

En El hombre que mató a Liberty Valance, western monumental que acaba de cumplir medio siglo, un rocoso John Wayne alecciona a un bisoño James Stewart cuando pretende abrir un despacho de abogado al borde de la frontera: “Clave ese cartel ahí fuera y tendrá que defenderlo con esto”. Y extrae el Colt de su funda como un juez que esgrime el mazo en el juzgado; John Wayne sabía de sobra que la ley no alcanza donde aúllan los lobos.

De niños aprendimos que el Lejano Oeste es un espacio mitológico donde la justicia no vale una bosta de vaca y de mayores descubrimos que vivíamos en España, una versión folklórica del Lejano Oeste. Nos pasamos la infancia suspirando por Shane, el pistolero rubio de Raíces profundas, un hombre bueno e implacable que ayudase a papá en una lucha perdida de antemano, y ahora, cuando vienen mal dadas, echamos de menos un balazo redentor que tumbe a Liberty Valance limpiamente desde las sombras.

Pero ésta es una tierra de Roldanes y Jesús Giles, un paraíso para los cuatreros (Aquí llega Condemor), por eso, que alguien como Rato haya sido citado ante el juez es un éxito, por no decir un milagro. No se puede pedir más, no conviene excederse. Una sobredosis de irrealidad podría hundirnos en la fosa atlántica o, peor aún, despertarnos de golpe en los albores del tercer milenio. Dijo una vez mi amigo Rafael Martínez-Simancas que España era un parque temático del siglo XIX, pero yo creo que exageraba, que no pasamos del XVII.

Probablemente Rato no llegue ni a sentarse en el banquillo pero con que haya un banquillo preparado ya podemos darnos con un canto en los dientes. Arias Cañete, aquel crítico de hostelería que lamentaba la desaparición de la carrera de camarero, y Wert, ministro de tauromaquia, han saltado al ruedo para preparar la defensa antes de que la acusación carraspee. Arias Cañete ha repetido casi literalmente el discurso con que Marco Antonio le ató a Bruto una piedra al cuello: Rato es un hombre honorable. En efecto, todo el mundo lo es hasta que deja de serlo. Es lo malo de no leer a los clásicos ni en el cine: que siempre hay alguno que no se entera de cómo acaba la película. 

Por si se nos escapaba la referencia al martirio mediático de Bankia, hay que señalar que hay 33 inocentes imputados, la edad de Cristo en el Calvario (la justicia española no da puntada sin hilo). Para la prensa, la lección final va explícita en aquella escena en que Liberty Valance, antes de sacar el látigo, le hace comerse al único periodista del pueblo sus propias palabras. Aquí no hace falta ni látigo, nos comemos las palabras antes de pensarlas y abandonamos los juzgados antes de que abran, porque esta película, como la de Urdangarín, ya tiene el final escrito. Eso pasa cuando de justiciero, en vez de John Wayne, está Chiquito de la Calzada.