Opinion · Punto de Fisión

Rajoy peregrino

Los presidentes españoles tienen por costumbre no acudir jamás al escenario de catástrofes naturales o de las otras, no soportan la competencia. Zapatero no fue a Lorca porque los damnificados ya habían sufrido lo suyo tras el terremoto y tampoco convenía pasarse. Por la misma regla de tres, Rajoy ha decidido que los valencianos ya están bastante quemados y que darles más caña resultaba excesivo, sobre todo después de varios años de Gürtel.

En lugar de broncearse al calor de un incendio forestal, Rajoy ha tomado el camino de su Galicia natal aprovechando que esta vez no había ningún petrolero hundido por ahí cerca. El presidente en funciones (de cheerleader) ha preferido protagonizar la devolución del Códice Calixtino aunque, como dice Diego Armario, no lo haya robado él. La gente está tan harta de que los políticos no devuelvan lo que roban que está bien hacer una excepción. Los asesores de imagen de la Moncloa han acertado plenamente al vestir a don Mariano con la estampa inmemorial del peregrino a Compostela. Ha hecho el Camino de Santiago en hora y media, contando el trayecto en taxi desde el aeropuerto, pero la barba huidiza y la mirada más huidiza todavía pueden dar mucho juego con una vieira atada a un bastón.

Dice mucho de la cultura de este país el hecho de que un electricista tuviera acceso a un tesoro manuscrito de valor incalculable y que dicho tesoro, gracias a la custodia eclesiástica, estuviera guardado en un sótano junto a una caja de herramientas y unas fregonas. El hombre usaba el tocho para subirse encima cuando tenía que cambiar una bombilla y no le valía la pena ir a por una escalera. Ahora se ha sabido que el electricista se llevó el manuscrito por error, que lo escondía en su casa junto a una maleta con más de un millón de euros, cantidad que tiene mosqueada a la policía porque son demasiadas chapuzas y además tampoco guardaba las facturas. Se baraja la posibilidad de que corresponda a varios siglos de pasar el cepillo pero a los investigadores no les cuadra que hubiera tantos euros en la Edad Media y además en billetes de cincuenta.

El robo del Códice Calixtino ha probado una vez más que el mejor método para evitar un robo en España no son las alarmas ni los perros guardianes sino los libros: un ladrón ve una biblioteca por la ventana y se santigua antes de salir por patas. Tengo yo un amigo que deja el coche con las ventanillas abiertas y distribuye un par de novelas manoseadas por los asientos: así los ladrones no se arriman ni borrachos. Hay que probar el método libresco en alcaldías y ministerios para evitar el latrocinio de la hacienda pública, pero la mayoría de políticos son alérgicos a la lectura. El electricista no abrió el Códice ni cuando se le estropeó el televisor y Rajoy ni siquiera pidió un día más de préstamo para descubrir quién era el asesino.