Opinión · Punto de Fisión

El último tren de Ernest Borgnine

Tarde o temprano todos soñamos con un tren. Es un comodín del inconsciente colectivo que puede simbolizar cualquier cosa: una tía buena, un sistema político, la vida. Los hermanos Marx destrozaron un tren que viajaba alimentándose de sí mismo y sin querer profetizaron la hecatombe del neoliberalismo, el apocalipsis que ahora vivimos y que nos van sirviendo en cómodos plazos, los engranajes de esta maquinaria caníbal que con tal de seguir adelante acabará por masticar a sus propios fogoneros.

El otro tren apocalíptico del cine llevaba en el estribo a Ernest Borgnine, un revisor iracundo que mataba a martillazos a los polizones que pretendían subirse en marcha. El emperador del norte, la gran película de Robert Aldrich, ilustra la lucha de clases a través del enfrentamiento a vida o muerte entre un vagabundo interpretado por Lee Marvin y un esbirro homicida al que Borgnine prestaba sin mucho esfuerzo su atroz físico de hormigonera, esa cara en libertad condicional que parecía haberle quitado a un perro en una riña a dentelladas.

Ha muerto Ernest Borgnine y con él se ha ido para siempre el último duro de verdad, el último proletario del cine, uno de los pocos capaces de aguantarle una pelea a trompadas a Lee Marvin o un plano corto a Spencer Tracy, una especie ya extinguida en Hollywood. Tenía los ojos como cables pelados y una enorme cabeza de bull-dog donde su simple y enorme bocaza de dientes separados podía ser una promesa de bondad o una amenaza de muerte. Tenía un físico monumental como un saco de patatas y un rostro como otros diez kilos de patatas con los que podía hacer lo que le diera la gana. Nadie daba miedo como él; nadie podía inflingir tanta ternura en un solo gesto; nadie se murió jamás con el empaque de aquel jefe vikingo que soltaba una carcajada brutal antes de arrojarse a un pozo hirviente de lobos.

A Sam Peckinpah se le saltaron las lágrimas tras sus gafas oscuras cuando vio a Borgnine imponer su terrible elegancia ante la cámara en las primeras tomas de Grupo salvaje. La sonrisa que esgrime cuando William Holden sale del burdel rumbo hacia la masacre no tiene parangón en la historia del cine; si acaso, sólo podría compararse con la mueca afable del samurai gordo en Los siete samurais, de Kurosawa, cuando le dicen que, si acepta el trato de los campesinos, va a guerrear por nada, por dos platos de arroz al día. “Quizá pierdas la vida” le advierten. “Para eso estamos” parece responder el samurai gordo, lo mismo que Borgnine antes de agarrar la escopeta.

Hoy, como en la época de la gran depresión del 29, los vagabundos luchan por seguir aferrados al tren y los arrojan a la vía a golpe de decretos, de recortes que duelen como martillazos en los dedos. Hoy hasta aquel revisor infernal se pondría de parte de los desposeídos pero quizá ya sea demasiado tarde para reclutar samurais. Ha muerto Ernest Borgnine y del grupo salvaje no queda nada más que un lamento de mineros.