Opinión · Punto de Fisión

Seamos sirios

Me dice mi amigo Nidhal Kubba que los medios de prensa occidentales tenemos mucha culpa de lo que está sucediendo en Siria. Me dice que apenas cuentan nada sobre la ola de sangre que asola el país, el régimen genocida que tortura a los opositores hasta la muerte y masacra por centenares a mujeres y a niños. Me dice que hay ciudades en la frontera señaladas por el dedo angelical de Asad donde no ha quedado un solo edificio sano.  

Intento responderle que, por desgracia, Asad tiene buena prensa, tanto a derecha como a izquierda. Entre la derecha más rancia, Asad está bien visto porque hasta ayer mismo, como quien dice, era uno de nuestros hijos de puta, un aliado a medias, un muro de contención para el islamismo radical al estilo del Sha o de Sadam Hussein hasta que le dio por hacer el tonto en Kuwait. La alternativa a Asad sería otra república islámica, una extensión de Irán, es decir, otra pútrida sarna de clérigos medievales que consideran a las mujeres mulas de carga y cuelgan a los homosexuales de las grúas. Desde esa perspectiva, Asad es un mal menor, una bestia menos dañina para los intereses occidentales.

Al otro lado, entre la izquierda más folklórica, Asad aparece como un paladín de los pobres, uno de los pocos bastiones que aún resisten las fuerzas del malvado imperio yanqui, cuando en realidad su gobierno no es más que una picadora de carne humana, una carnicería demencial y asquerosa donde los derechos humanos vienen escritos en papel higiénico. Para estos revolucionarios de daguerrotipo, Asad resulta una reedición del Che con chaqueta y corbata, y las noticias de sus multitudinarias matanzas burdas manipulaciones.

Los extremeños se tocan: la derecha neonazi y la izquierda estalinista vuelven a darse la mano, como en el pacto de no agresión entre Molotov y von Ribbentrop en agosto de 1939, antes de que la invasión de la URSS convirtiera a Stalin de la noche a la mañana en nuestro querido hijo de puta. Por aquel entonces, en medio, estaba Polonia, también Finlandia, y hoy, de momento, está Siria, el pobre y apaleado pueblo sirio a merced de un sátrapa nefasto, arrogante y asesino. Cuando todavía nos avergonzamos de que Franco se extinguiera en la cama de puro asco, cuando nos preguntamos cómo aquel legionario enano y sádico pudo durar cuatro décadas pisoteando un pueblo entero, sólo hay que echar un vistazo a la historia del mundo, al resto del tablero: en la partida de ajedrez de la guerra fría, Franco sólo era un peón más, una pequeña pieza en el plan maestro de los grandes poderes.

Asad caerá, más temprano o más tarde, no me cabe duda, despedazado por una horda enfurecida, al estilo de Gadaffi, o desactivado por una justicia a paso de tortuga, al estilo de Videla. De lo que tampoco me cabe la menor duda es que, mientras tanto, miles de sirios inocentes seguirán siendo pasto del horror, sacrificados a mayor gloria de esa horrenda ramera de Babilonia llamada política.