Opinion · Punto de Fisión

El hombre avión

La mejor crítica de la escultura de Juan Ripollés recién inaugurada en el aeropuerto de Castellón la dio el sargento Hartman en La chaqueta metálica: “Hijo, eres tan feo que podrías estar colgado en un museo de arte moderno”. Lo cierto es que la befa del sargento de instrucción se queda corta porque el mamotreto de Ripollés es tan gordo y aparatoso que no cabría en ningún museo y por poco hace falta otro aeropuerto para estacionarlo.

Aunque el presupuesto pactado es de 300.000 euros, de momento Ripollés no ha cobrado ni un céntimo, es más, ha tenido que adelantar más de cien mil euros de su bolsillo, una cantidad que los vecinos no quieren ni en concepto de penitencia. Puede parecer mucho dinero, y más para los tiempos que corren, pero la verdad es que esa nimiedad la gana Fabra sin jugar a la lotería siquiera, tan sólo rellenando una quiniela en agosto. La escultura, titulada “El hombre avión”, es de una fealdad atroz, acojonante, pero lo que molesta al artista es que digan que se parece a Fabra, lo que ya es pasarse.

En principio la escultura iba a tener ocho metros de alto pero a Fabra le pareció poco y sugirió veinte metros. Total, no había peligro alguno de que un avión fuera a rozar siquiera la nuca del mamotreto. Ya que se planta un excremento, se planta por todo lo alto. Ahora el único riesgo es que la escultura reina todopoderosa sobre una rotonda y que los automovilistas despistados se alarmen con las conjeturas que va a generar tal engendro asomando sobre el horizonte. ¿Es un hombre? ¿Es un avión? ¿Es una mierda? ¿Es un retrato de Fabra? Hay psicólogos que apuntan a que muchos conductores podrían deprimirse ante semejante visión de pesadilla y no descartan que estrellen el coche directamente contra los bajos del mamotreto. No lograrían derribarlo, por desgracia.

La aeroescultura de Ripollés insiste en un aspecto que no ha dejado de subrayar el propio Fabra: su profunda inutilidad. En el aeropuerto de Castellón (como en tantos otros españoles) no aterrizan aviones y su único sentido es que por ahí, por las pistas vacías y los pasillos desangelados, se pasee la gente. También ha dicho Fabra que el aeropuerto de Castellón está vacío igual que el Louvre de noche. Cree que ha patrocinado una obra de arte y repasando la historia del arte en las últimas décadas, catálogos de exposiciones y gilipolleces varias, no le falta razón al hombre. Tal vez, en un futuro no muy lejano, el mismo Fabra pase a los anales de la estética como el principal inspirador y mecenas del arte aeroportuario. Su obra (el mamotreto, el aeropuerto, la frase inmortal de su hija y toda su gestión en la provincia) ya ha pasado a los anales en cualquier caso.

Como todos los grandes visionarios y vendedores de lotería, Fabra mira más allá de su época. No hay más que ver sus gafas. El aeropuerto de Castellón acabará hecho una ruina, como todas las obras humanas, incluidas la aeroescultura y la propia Castellón desde el mar hasta el monte. Pero Fabra va adelantando trabajo porque es mejor que varios desastres naturales combinados: ni un meteorito habría causado tantos destrozos.