Punto de Fisión

Trasquilado judicial

 

A la clase política en bloque le ha pasado un poco como a ese progenitor mandón que lleva al hijo de la oreja al despacho del profe para que le eche una bronca y el profe responde que el chico está bien y que quien tiene que aprender modales es el lerdo de su padre. Menudo chasco. Con la de jueces que hay domesticados y va y les toca uno respondón.

El que peor se ha tomado el trasquilado ha sido Rafael Hernando, uno de esos políticos modestos, casi anónimos, cuyo trabajo podría ejercer perfectamente un maniquí de sastrería si hubiera maniquíes de lengua larga aficionados al pugilismo. En las filas del PP mantienen siempre en el banquillo a uno de estos diputados de pelea por si en algún momento las palabras no bastan y hay que llegar a las manos. De hecho, ahora cumple las funciones de portavoz adjunto porque en el organigrama del partido ya no había sitio para más guardaespaldas.

Hace algunos años, Hernando protagonizó su breve y fallido minuto de gloria cuando retó a Rubalcaba a un combate de boxeo en los pasillos del Congreso, un par de asaltos que no llegaron ni a los preliminares, nada más que una amenaza, medio empujón, sujetadme que lo mato y mucho ojito conmigo, que sé dónde trabajas. La sangre no llegó al río porque, más que la pelea y sus consecuencias, le preocupaba que se le arrugase el traje o que se fuese a despeinar.

Otra cosa no, pero Hernando cuida mucho las formas, la raya del pantalón, la raya del flequillo y los adjetivos calificativos. Hernando ha llamado "pijo ácrata" al juez Pedraz, injuria sorprendente en un intelectual que en su propio twitter escribió el 24 de abril "espectación" con s, quizá por influencia del dialecto almeriense. Ignoramos si también habría escrito "hácrata" con hache, pero lo de "pijo" es de traca porque en cualquier diccionario enciclopédico decente, la palabra debería ir ilustrada con una foto suya, de frente y de perfil.

Lo del twitter tiene mucho peligro porque, aparte del analfabetismo, da pie a descubrir otras graves carencias de nuestros ilustres representantes. Ayer, por ejemplo, Rafael Simancas se preguntaba en el suyo si habrá espejos en los juzgados, un chiste bastante críptico que sólo llegué a descifrar mientras me preguntaba quién diablos sería Rafael Simancas. Entonces caí en la cuenta de que se trataba de aquel pobre hombre que fue de menos a nada y que ya no debía ver su reflejo ni de refilón, como un vampiro anémico cuando le da la luz.